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| Patricia Guadalupe |
| Columnista |
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¡Pobre
México! ¡Tan cerca de Estados Unidos,
tan lejos de la Casa Blanca! Esta semana, con bombo
y platillo, el Presidente Bush conmemoró el
mes de la herencia hispana, reuniéndose en
los jardines de la Casa Blanca con la alta alcurnia
de la sociedad hispana, incluyendo el legendario
músico cubano Israel “Cachao” López.
Hasta el ex procurador general Alberto Gonzáles
resucitó para recibir una bienvenida y el
beneplácito de quizás uno de los pocos
en Washington que no se abochorna de verse en público
con el polémico ex jefe del Departamento de
Justicia. Es más, le dijo su “gran amigo”.
Menos mal que el presidente Bush le confirma su gran
amistad la misma semana en que se filtra un memorando
donde se ve que Gonzáles secretamente había
autorizado ciertas tácticas de interrogación
reconocidas como tortura por el resto del mundo,
salvo el gobierno estadounidense, a la vez que las
denunciaba en público. Menos mal.
Bajo un sol brillante y precioso, el presidente Bush
citó las mil y una contribuciones de la creciente
comunidad latina, y agradeció la presencia
de los embajadores latinoamericanos. Bueno, los que
pudieron entrar. A pesar de portar una invitación
al evento, llegaron los diplomáticos, entre
ellos el embajador de México Arturo Sarukhán,
al portón de la Casa Blanca y los guardias
le dijeron “who are you?” Ni Sarukhán
ni algunos otros aparecían en la lista, y
a pesar de la insistencia de estos diplomáticos
que sí eran gente de caché y sí eran
lo suficientemente importantes para pasar unos minutos
con el primer mandatario estadounidense, los guardias
le dijeron “sorry”, aquí usted
no entra. Se armó toda una confusión
en la entrada, con los diplomáticos diciendo
que lo único que faltaba es que los pusieran
en la lista, y ya.
Pero como se pueden imaginar, así no funciona
la Casa Blanca. Cualquiera que quiera entrar al menos
horas antes tiene que dar su nombre y otros datos
relevantes para que pase por un proceso de seguridad.
Por lo general, nadie puede entrar a la Casa Blanca
sin el aval del Servicio Secreto, y además
tienen que estar custodiados en todo momento que
estén en el interior. Eso de ir a rondar por
los pasillos simplemente no pasa. Así siempre
ha sido, y más aún desde los atentados
de 2001. El proceso para extranjeros toma más
tiempo, por razones obvias.
Supuestamente la gente del cuerpo diplomático
no tendría que pasar por ese proceso que nos
toca a nosotros la gente corriente. Y ciertamente
tienen personal para procesar ese tipo de cosas,
para que esa alta alcurnia latinoamericana pudiera
llegar al portón y entrar como Pedro en su
casa. Algunos embajadores, del Perú y Panamá,
por ejemplo, sí pudieron entrar, pero el pobre
de México, vestido y alborotado, se quedó fuera.
Pobrecito.
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