| Corrupción
migratoria
al norte de la frontera |
Por: María
Elena Salinas
Parece
que la decisión está tomada. El muro en nuestra
frontera sur será construido. Nuestros legisladores
dicen que es necesario para protegernos de los malos, de
terroristas potenciales, de aquellos que quieren destruir
nuestro estilo de vida. Hay que protegernos de esos pobres
trabajadores inmigrantes que les están quitando el
empleo a los estadounidenses, que seguramente están
en cola para trabajar como jardineros, recogedores de lechuga,
meseros y niñeras. Una cerca de 700 millas de largo
no sólo nos mantendrá seguros, dicen ellos,
sino que resolverá nuestro problema migratorio. ¿Es
eso lo mejor que pueden hacer? ¡Qué solución
tan pobre!
Nuestro Congreso convirtió un asunto crucial de inmigración
en una farsa de seguridad. Para mantenernos seguros y libres
de potenciales criminales no necesitamos bloquear nuestra
frontera sur, hubiera sido suficiente el echar un vistazo
a nuestras propias agencias de inmigración.
El Congreso no lo ha hecho. El Departamento de Seguridad
Interna aparentemente lo estaba manteniendo en secreto. Pero,
por fortuna, tenemos buenos periodistas para desenmascarar
la corrupción. La agencia Prensa Asociada informó a
finales de septiembre que en los últimos 12 meses
docenas de empleados de inmigración y aduanas en todo
el país han sido detenidos o sentenciados por cargos
relacionados con corrupción.
Nuestros oficiales han estado vinculados con todo tipo de
delitos, desde contrabando hasta tráfico de drogas,
venta de documentos falsos y el otorgamiento de residencia
legal a quienes no califican. Por lo menos nueve oficiales
de inmigración o agentes de la Patrulla Fronteriza
han sido vinculados con actos de corrupción en la
frontera de California y diez en la de Texas, según
el informe de Prensa Asociada. Pero el problema es mucho
más profundo.
É
sta es apenas una pequeña muestra de lo que está sucediendo
en nuestras agencias encargadas de hacer cumplir la ley.
El agente de la Patrulla Fronteriza David Duque enfrenta
15 años de prisión después de declararse
culpable de aceptar sobornos a cambio de documentos legales.
Vendió pasaportes, certificados de nacimiento, y tarjetas
de seguro social falsas. Recibió 5.000 dólares
por haber permitido el paso de un embarque de cocaína
a través de la frontera en Texas.
También en Texas, el agente de aduanas Fabián
Solís fue sentenciado a tres años de prisión
por facilitar la entrada de inmigrantes indocumentados. Solís
permitió el ingreso de 219 indocumentados cobrándoles
a los coyotes 300 dólares por cada uno.
En la frontera de California, Mike Gilliland era mucho más
caro. Supuestamente cobraba 1.500 dólares por cabeza
por pasar indocumentados. Según la investigación,
cruzaban un promedio de cuatro autos por noche con hasta
diez pasajeros cada uno.
En Tampa, Florida, el agente de aduanas Rafael Francisco
Pacheco fue sentenciado a siete años tras las rejas
por aceptar 18.000 dólares de un narcotraficante y
por escribir una carta solicitando visas para la esposa e
hija del narco.
Robert Schofield, un supervisor de inmigración en
Fairfax, Va., fue acusado de otorgar residencia legal o ciudadanía
a unos 100 inmigrantes que no calificaban.
Y, en Nueva York, el oficial de inmigración Phillip
Browne fue sentenciado por fraude y lavado de dinero en un
montaje hecho para preparar matrimonios falsos entre ciudadanos
de Estados Unidos y extranjeros.
Y también está el caso de un ciudadano iraquí nacido
en Estados Unidos que había sido entrenado por agencias
de inteligencia extranjeras, y aún así fue
contratado para revisar solicitudes de asilo.
No hay duda que manzanas podridas existen en todos lados,
pero éstos no son pequeños incidentes aislados.
Según informes de prensa se iniciaron más de
600 investigaciones criminales de empleados de inmigración
en todo el país durante el último año.
La justificación del Departamento de Seguridad Interna
es escasez de recursos. Reclaman tener tan sólo 309
investigadores para monitorear la posible conducta criminal
de cerca de 72.000 empleados.
No es fácil eliminar la corrupción a ningún
nivel, así sea en el sector empresarial, en los vestíbulos
del Congreso e incluso en nuestras agencias encargadas de
hacer cumplir la ley. Pero, cuando sucede, el pueblo estadounidense
tiene derecho a saberlo, especialmente cuando, los que se
supone deben estarnos protegiendo, están conspirando
para romper la ley motivados por la avaricia. Los inmigrantes
no necesariamente están buscando maneras de comprar
su entrada al país ilegalmente. Lo que quisieran son
leyes justas que les permitan formar parte de nuestra sociedad
de manera legal.
.(*) Maria Elena
Salinas es autora del libro “YO SOY
LA HIJA DE MI PADRE: UNA VIDA SIN SECRETOS.”
© 2006 by Maria Elena Salinas.
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