| Reconsiderando
las leyes antiinmigrantes |
Por: María
Elena Salinas
Parecía
una solución sencilla. Si el gobierno federal no logra
resolver los problemas provocados por el resquebrajado sistema
migratorio, entonces las ciudades tomarían la ley
en sus propias manos aprobando ordenanzas locales que les
harían tan difícil la vida a los indocumentados
que se irían de allí. Así es como decenas
de municipios a través del país intentaron
resolver el lío. Sin embargo, ahora algunas de esas
ciudades están reconsiderando su estrategia.
Entre aquellos que están dando marcha atrás
a sus leyes contra los inmigrantes está el municipio
de Riverside, en Nueva Jersey. Fue el primero en el estado
en aprobar una legislación que multaría a quienes
emplearan o proporcionaran una vivienda a inmigrantes indocumentados.
Pero su ley nunca pudo ser implementada. No sólo fue
retada en las cortes por grupos de derechos civiles, sino
que las autoridades locales no tardaron en darse cuenta que
el costo social, económico y legal de seguir adelante
con su ordenanza podría ser mayor que sus ventajas.
Riverside empezaba ser conocida como una ciudad racista.
Se cree que la mitad de los casi de ocho mil residentes de
Riverside eran indocumentados, mayormente de Portugal y del
Brasil. Echarlos de la ciudad llevó al cierre de varios
negocios y causó la escasez de trabajadores elegibles
en ciertas industrias. No valía la pena, decidieron,
gastar miles y miles de dólares en defender lo que
parecía indefendible, arriesgar el presupuesto de
la ciudad y caer en la bancarrota. Después de todo,
Riverside podría enfrentar el mismo destino que Hazleton,
Pensilvania.
En Hazleton, los esfuerzos para multar a los negocios que
emplearan a trabajadores indocumentados y a los propietarios
que alquilaran residencias fueron declarados anticonstitucionales
en las cortes, no una sino dos veces. Otras ciudades, como
Farmers Branch (Texas) y Valley Park (Missouri) también
han tenido que revisar algunas de sus posiciones en contra
de los inmigrantes, luego que fueran cuestionadas legalmente.
Más recientemente, en el condado de Prince William
(Virginia), la junta de supervisores tuvo que diluir su decisión
de negar todos los servicios a los indocumentados y convertir
a sus policías en virtuales agentes de inmigración
por dudas sobre su legalidad. Su postura provocó una
serie de protestas de distintos sectores. Activistas pro
inmigrantes y grupos de derechos civiles convocaron a un
paro laboral por un día para mostrar lo mucho que
el condado depende de la mano de obra de los inmigrantes
y hasta entablaron una demanda para declarar las medidas
inconstitucionales.
Las autoridades allí se han dado cuenta que sus nuevas
ordenanzas vendrían a un precio tan elevado que podrían
verse obligados a aumentar los impuestos. Al igual que en
otras ciudades donde se han aprobado leyes antiinmigrantes,
los negocios en el Condado de Prince William han sufrido
los efectos de las mismas y muchos residentes legales e incluso
ciudadanos estadounidenses de origen hispano han expresado
indignación por el nivel de tensión racial
que se palpa en el ambiente.
A principios de este mes el gobernador de Colorado, Bill
Ritter, reconoció que muchos inmigrantes legales han
abandonado su estado debido a las severas leyes antiinmigrantes
aprobadas el año pasado. La industria agrícola
ha sido particularmente afectada al perder la mitad de sus
trabajadores. Los agricultores allí podrían
perder hasta 60 millones de dólares en los próximos
dos años, según el buró de agricultores
de Colorado. La solución, según Ritter, es
una reforma federal de inmigración.
Hay tantos ejemplos de las siniestras consecuencias de las
leyes antiinmigrantes como hay medidas diseñadas para
acabar con los trabajadores indocumentados. Si la intención
era deshacerse de ellos, pues en algunos casos lo están
logrando. Nadie quiere, sean legales o no, tener que aguantar
los rechazos, el hostigamiento, las amenazas y la persecución.
Pero estos esfuerzos están resultando ser contraproducentes
y están creando la sensación de un estado de
sitio contra una diversa comunidad multiétnica que
contribuye mucho más de lo que le quita al país.
La ola antiinmigrante podría comenzar a dar un giro
cuando quienes la apoyan se den cuenta de que los inmigrantes
son el alma de este gran país y que el tratar de eliminarlos
tendrá un alto precio.
(*) Conéctese a www.mariaesalinas.com.
(c) 2007 by Maria Elena Salinas
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