| Enseñar
con la mente
y con el corazón |
Por: María
Elena Salinas
No
pude evitar pensar en Gaby y Julia. Sus caritas inocentes
me pasaron por la mente en el momento en que escuché acerca
de los trágicos hechos que ocurrían en la escuela
West Nickel Mines, en Pensilvania. A las edades de 9 y 11
años, mis hijas son dulces, inteligentes, llenas de
vida y alegría y con muchos sueños por cumplir.
Sueños parecidos a los que Anna Mae, Marian, Naomi,
Mary Liz y Lena deberían haber podido alcanzar.
El horrible tiroteo en la escuela de la comunidad Amish el
2 de octubre, subrayó los peligros que acechan a nuestras
instituciones educativas en todo el país. Fue el tercer
tiroteo en una escuela en una semana, el cuarto en un mes.
Pero más que otra estadística, el asesinato
de las niñas en Pensilvania, nos ha dado muchas lecciones
importantes.
No puedo imaginar algo más importante para un padre
que la seguridad y el bienestar de sus hijos. Los protegemos
como los tesoros que son y tratamos de evitarles dolor y
sufrimiento. Trabajamos duro para asegurarnos que reciban
la mejor educación dentro del ambiente más
seguro posible. Nos horrorizamos cuando vemos sacar camillas
de una escuela con los cuerpos inertes de estudiantes. Creemos
que es algo que les sucede a otros, no a nosotros. Pero así se
trate de una escuela privada en una gran ciudad, una pública
en una zona rural o un salón de clases en la pequeña
y pacífica comunidad Amish, de Lancaster, es muy difícil
predecir cuándo alguien perderá los estribos
y decidirá descargar sus frustraciones contra seres
humanos inocentes y vulnerables.
Después de cada tiroteo en una escuela –y han
ocurrido muchos en la última década- comenzamos
un debate nacional para establecer qué anda mal y
buscar alternativas para prevenir que la historia se repita.
Las escuelas instalan cámaras de vigilancia y detectores
de metales o contratan guardias de seguridad. Entonces comienza
el juego de apuntar el dedo acusador. ¿Es una falla
de los padres? ¿De la industria del entretenimiento? ¿Será de
la Internet? ¿Podría ser de la Asociación
Nacional del Rifle?
Esta vez las cosas no han sido distintas. La Casa Blanca
juntó a un grupo de expertos para encontrar maneras
de mejorar la seguridad en nuestras escuelas. Algunas buenas
observaciones surgieron de la reunión. Por alguna
razón los expertos concluyeron que los detectores
de metales no ayudan mucho cuando uno de cada 5 tiroteos
ocurre en las afueras de los edificios escolares. Además,
dan un mensaje equivocado a los niños de que tienen
que pasar por detectores de metales para recibir una educación.
Los expertos también subrayaron la importancia de
compartir información. Muchas escuelas tienen planes
de cómo lidiar con una amenaza o con un accidente
cuando se presenta, dicen ellos, pero los planes no tienen
valor alguno si las personas comprometidas no tienen conocimiento
de ellos. Los estudiantes escuchan rumores pero deben tener
suficiente confianza en los administradores para advertirlos.
Los padres deben estar preparados para detectar un comportamiento
extraño en sus hijos.
Pero el mejor experto en esa reunión de seguridad
escolar era Craig Scott, quien sobrevivió al tiroteo
en la escuela Columbine, en Colorado, en 1999. La primera
en morir, de 12 estudiantes asesinados ese día, fue
su hermana Rachel Scott. Durante los pasados siete años él
y su familia han dedicado su tiempo a hablar a estudiantes,
maestros y padres de familia. “He visto depresión,
ira y ansiedad en millones de estudiantes que están
sin dirección ni objetivos en todo el país”,
afirmó. “La juventud reclama algo significativo
en qué apoyarse, en qué creer”. Un poco
de compasión, dice Craig, llegaría muy lejos. “Invito
a maestros, directores de escuelas, superintendentes escolares
y educadores a que no sólo enseñen al intelecto
sino también al corazón”, concluyó Scott.
La compasión quizás no hubiese detenido a un
depravado de 53 años para tomar a niñas como
rehenes, violarlas y asesinar a una de ellas en Bailey, Colorado.
Y quizás fue también demasiado tarde para tratar
la depresión, ira y ansiedad de un lechero de 32 años
que mató a cinco niñas en la escuela de los
Amish, en Pensilvania. Pero quizás el corazón
de nuestra juventud sigue siendo nuestra mayor esperanza
de una sociedad compasiva y de un ambiente seguro en nuestras
escuelas.
.(*) Maria Elena
Salinas es autora del libro “YO SOY
LA HIJA DE MI PADRE: UNA VIDA SIN SECRETOS.”
© 2006 by Maria Elena Salinas.
|