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| Patricia Guadalupe |
| Columnista |
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Justo al mismo tiempo que varios
grupos latinos anunciaban que reforzaban sus esfuerzos
para instar a más latinos a que se registraran
para votar en los importantes comicios del 2008,
en las afueras del Congreso se llevó a cabo
un acto de cobardía con bombo y platillo.
El gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, viajó desde
la Gran Manzana para estacionarse en frente de una
colección de micrófonos y cámaras
para anunciar que se echaba para atrás y no
iba a proseguir con una propuesta para darle licencias
de conducir a conductores indocumentados.
Spitzer había anunciado hace varias semanas
que tenía intenciones de implementar la propuesta
por razones de seguridad. No quería tener
gente en el estado de Nueva York manejando sin seguro
de automóvil y sin licencia. Sería
una decisión difícil, dijo, pero lo
hacía pensando en el bienestar del estado
y sus residentes. Pero, como dicen en mi pueblo,
para que fue eso. Se armó una trifulca de
tal nivel que hasta afectó a los candidatos
presidenciales. A la senadora Hillary Clinton le
habían preguntado si apoyaba la propuesta
de Spitzer. Primero dijo que sí, luego que
no estaba segura, y finalmente, cuando Spitzer dijo
que abandonaría la propuesta, expresó que
estaba de acuerdo con el gobernador. O sea, siempre
no, cuando había dicho primero que sí,
o a lo mejor. O todo lo contrario. O quién
sabe. “Como presidenta no apoyaré licencias
de conducir para personas indocumentadas”,
afirmó la senadora en un comunicado, diciendo
además que cabildeará para que por
fin se apruebe una reforma migratoria integral que
vaya a lidiar con “todos estos temas”.
Clinton, como varios legisladores, dijo que este
colapso de la propuesta de Spitzer se debe a la falta
de acción por parte del Congreso que no ha
hecho nada sobre el asunto de la inmigración.
Ciertamente el Congreso no ha hecho nada sobre inmigración,
pero eso no tiene nada que ver nada con la inseguridad
que siente un tal gobernador Spitzer y otros políticos
ante la furia antiinmigrante que actualmente vivimos
en este país. Spitzer prefirió echar
a un lado la seguridad que promulgaba al presentar
inicialmente la propuesta, para complacer a los elementos
racistas y ultra conservadores del país. Y
obviamente no hay absolutamente ninguna duda de que
estas personas que ya conducen sin licencia y sin
seguro, lo seguirán haciendo.
Por otro lado, Bill Richardson, el gobernador de
Nuevo México y también candidato presidencial,
se ha pasado defendiendo su decisión tomada
hace unos años de darle licencias de conducir
a los indocumentados en su estado. “Entiendo
que no es una decisión popular, pero a veces
uno tiene que tomar decisiones que no son las más
populares porque es lo correcto”, dijo, añadiendo
a la vez que la cantidad de accidentes en su estado
ha bajado mientras que aumenta el número de
personas con seguro de carro.
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