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Los debates presidenciales




Faltan 12 meses para las elecciones presidenciales de 2008. Los aspirantes a las nominaciones de ambos partidos están enfrascados en largos y aburridos debates. Todos los aspirantes están contra la inmigración y el terrorismo. Ninguno tiene la menor idea de cómo resolver los problemas que enfrentan al país o qué hacer con la inmigración y el terrorismo. Sólo se preocupan por no decir nada que sea mal interpretado por la prensa.

En pocas semanas se enfrentarán con los votantes de Iowa y New Hampshire y tendremos una mejor idea sobre quienes serán los candidatos que se enfrentarán en noviembre de 2008 para reemplazar a George W. Bush.

Los estadounidenses siempre han votado pensando en su bolsillo pero sin miedo. En las próximas elecciones van a votar con miedo y con el bolsillo vacío. Los neoconservadores que se encuentran en el poder (no, no son los republicanos, pero eso es otra narrativa) han hecho un trabajo formidable infundiéndole miedo a la población.

 

Hoy nos aterrorizan diariamente contra un enemigo que no tiene ni nación, ni un ejército ni armas de destrucción masiva. Nos quieren hacer creer que estamos enfrascados en la lucha por nuestra civilización con 130.000 soldados y un mayor número de contratistas. Los aspirantes a la presidencia y sus debates son “armas de distracción masiva” para que los votantes y la prensa no hablen de los problemas que enfrenta el país.

Los temas de los debates son la frontera, el idioma, las licencias de conducir, lo que hicieron o dejaron de hacer en el pasado, cómo votaron en ciertas situaciones, quién es el más preparado para luchar contra el terrorismo y cómo van a votar en el futuro.
Ni la frontera sur, ni los inmigrantes, ni hablar español amenazan la seguridad de la nación y la tranquilidad interior. La amenaza a nuestro futuro está en la magnitud de la deuda nacional, en la desvalorización del dólar, en el costo de la guerra, en la destrucción de la clase media, en el desfalco al Seguro Social y en la falta de cuidado médico.Estados Unidos está en peligro de dejar de ser el motor económico del mundo y ninguno de los aspirantes a la presidencia da señales de importarles o de ofrecer soluciones concretas a los retos que se aproximan.

 

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John F. Kennedy, 44 años después



Hace 42 años, en un día frío de enero, el presidente electo John Fitzgerald Kennedy llegó a Cambridge (Massachusetts) para asistir a una reunión de la Junta de Supervisores de Harvard. Después de la reunión estableció su cuartel general en mi casa y entrevistó a una serie de personas para darles un empleo en la nueva Administración. Entre una entrevista y otra, el presidente electo me ofreció ser uno de sus ayudantes especiales en la Casa Blanca.

Yo le dije que pocos historiadores podrían resistir la oportunidad de ver cómo se hace la historia con una perspectiva de primera mano. "No estoy seguro", continué, "de que pueda ser útil como ayudante especial, pero si cree que puedo serlo estaría encantado de ir a Washington". A lo que el presidente electo replicó: "Yo tampoco estoy seguro de lo que pueda hacer como presidente". Y tras una pausa estratégica añadió: "Pero estoy seguro de que en la Casa Blanca habrá trabajo bastante para mantenernos ocupados a ambos".

Allí empezó la experiencia más emocionante de mi vida. JFK tenía 43 años cuando se convirtió en el hombre más joven elegido para ocupar la presidencia de Estados Unidos, así como el primer presidente nacido en el siglo XX y, por supuesto, el primer presidente católico. La televisión nos ha conservado la personalidad excepcionalmente encantadora, la inteligencia fría y analítica, el ingenio ágil, con la capacidad para burlarse de sí mismo (cuando le preguntaron cómo se convirtió en un héroe de guerra respondió: "Fue algo involuntario. Mi barco resultó hundido"), la visión objetiva e irónica de sí mismo y de la historia. Representaba la generación que luchó en la II Guerra Mundial, con su actitud favorable a la deflación, su desdén por lo pomposo, su impaciencia ante las actitudes y devociones del pasado, su aceptación imperturbable del complicado presente, su mente abierta hacia el desconocido futuro.

  Y así fue como empezó la gran aventura de la presidencia. Resultó ser carne de leyenda, el joven dirigente que surge en nuestras vidas como un relámpago, iluminando los cielos, y luego, un 22 de noviembre en Dallas, hace 40 años, el héroe es asesinado, despojado de la plenitud por su trágico destino. El drama de la vida y muerte de John Kennedy despierta arquetipos profundos.

En el verano de 1963, el presidente Kennedy se puso a la cabeza de la cruzada por la justicia racial. Fue el primer presidente en declarar que la igualdad de derechos raciales era "un asunto moral... tan antiguo como las Escrituras y tan claro como la Constitución de Estados Unidos". El interés generalizado por el legado de Kennedy 40 años más tarde significa que el mundo ha perdido algo esencial con la muerte de JFK. Puede que lo que se haya perdido fuera una visión de Estados Unidos como una república humana, racional y democrática que trabajaba junto a otros países, y con Naciones Unidas y las instituciones internacionales, para promover la democracia, los derechos humanos y la paz.

El presidente Kennedy dijo en 1961: "Debemos afrontar el hecho de que Estados Unidos no es omnipotente ni omnisciente, que sólo sumamos el 6% de la población del mundo, que no podemos imponer nuestra voluntad al otro 84% de la humanidad, y que, por consiguiente, no puede haber una solución estadounidense para cada problema del mundo".

La gran fuerza de la democracia descansa en su capacidad para corregirse a sí misma. La América de Wilson y Roosevelt, la América de Kennedy, volverá algún día.

(*) Fragmentos de un artículo del renombrado historiador estadounidense publicado en El País, en 2003

 

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