Por
Arthur Schlesinger, Jr. (*)
Hace 42 años, en un día frío
de enero, el presidente electo John Fitzgerald
Kennedy llegó a Cambridge (Massachusetts)
para asistir a una reunión de la Junta
de Supervisores de Harvard. Después de
la reunión estableció su cuartel
general en mi casa y entrevistó a una
serie de personas para darles un empleo en la
nueva Administración. Entre una entrevista
y otra, el presidente electo me ofreció ser
uno de sus ayudantes especiales en la Casa Blanca.
Yo le dije que pocos historiadores podrían
resistir la oportunidad de ver cómo se
hace la historia con una perspectiva de primera
mano. "No estoy seguro", continué, "de
que pueda ser útil como ayudante especial,
pero si cree que puedo serlo estaría encantado
de ir a Washington". A lo que el presidente
electo replicó: "Yo tampoco estoy
seguro de lo que pueda hacer como presidente".
Y tras una pausa estratégica añadió: "Pero
estoy seguro de que en la Casa Blanca habrá trabajo
bastante para mantenernos ocupados a ambos".
Allí empezó la experiencia más
emocionante de mi vida. JFK tenía 43 años
cuando se convirtió en el hombre más
joven elegido para ocupar la presidencia de Estados
Unidos, así como el primer presidente
nacido en el siglo XX y, por supuesto, el primer
presidente católico. La televisión
nos ha conservado la personalidad excepcionalmente
encantadora, la inteligencia fría y analítica,
el ingenio ágil, con la capacidad para
burlarse de sí mismo (cuando le preguntaron
cómo se convirtió en un héroe
de guerra respondió: "Fue algo involuntario.
Mi barco resultó hundido"), la visión
objetiva e irónica de sí mismo
y de la historia. Representaba la generación
que luchó en la II Guerra Mundial, con
su actitud favorable a la deflación, su
desdén por lo pomposo, su impaciencia
ante las actitudes y devociones del pasado, su
aceptación imperturbable del complicado
presente, su mente abierta hacia el desconocido
futuro.
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Y
así fue como empezó la gran aventura
de la presidencia. Resultó ser carne de
leyenda, el joven dirigente que surge en nuestras
vidas como un relámpago, iluminando los
cielos, y luego, un 22 de noviembre en Dallas,
hace 40 años, el héroe es asesinado,
despojado de la plenitud por su trágico
destino. El drama de la vida y muerte de John
Kennedy despierta arquetipos profundos.
En el verano de 1963, el presidente Kennedy se
puso a la cabeza de la cruzada por la justicia
racial. Fue el primer presidente en declarar
que la igualdad de derechos raciales era "un
asunto moral... tan antiguo como las Escrituras
y tan claro como la Constitución de Estados
Unidos". El interés generalizado
por el legado de Kennedy 40 años más
tarde significa que el mundo ha perdido algo
esencial con la muerte de JFK. Puede que lo que
se haya perdido fuera una visión de Estados
Unidos como una república humana, racional
y democrática que trabajaba junto a otros
países, y con Naciones Unidas y las instituciones
internacionales, para promover la democracia,
los derechos humanos y la paz.
El presidente Kennedy dijo en 1961: "Debemos
afrontar el hecho de que Estados Unidos no es
omnipotente ni omnisciente, que sólo sumamos
el 6% de la población del mundo, que no
podemos imponer nuestra voluntad al otro 84%
de la humanidad, y que, por consiguiente, no
puede haber una solución estadounidense
para cada problema del mundo".
La gran fuerza de la democracia descansa en su
capacidad para corregirse a sí misma.
La América de Wilson y Roosevelt, la América
de Kennedy, volverá algún día.
(*) Fragmentos de un artículo del renombrado
historiador estadounidense publicado en El País,
en 2003 |