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La acción de perdonar
 

“Enojarse es fácil, lo difícil es enojarse por la razón adecuada, con la persona adecuada y en el momento adecuado”. Aristóteles.
Cuentan que en Ruanda, el país africano donde hace once años hubo un genocidio que mató a más de un millón de personas, las personas se reúnen en sus pueblos para arreglar las viejas cuentas del pasado.
De este modo, y siguiendo una antigua tradición tribal, víctimas y victimarios se sientan en la misma habitación para acabar con viejos odios y poder salir adelante.
A esta forma de hacer justicia, los ruandeses la llaman Gacaca y lleva implícita la sabiduría de saber que es imposible encarcelar a la mayoría de los habitantes de un país que se vio enceguecido por la violencia (en tres meses se asesinaron a 800.000 personas a machetazos) y que la vida debe continuar.


  Es que perdonar no es fácil, lo fácil es enojarse y condenar y dejar que el odio fluya y atrape nuestros pensamientos y nuestros corazones. Pero no es bueno desayunar con una cucharada de odio todas las mañanas.
Sin el perdón, ¿cuántas guerras y odios milenarios continuarían desangrando a nuestros pueblos?.
En esta semana de reflexión que sigue al Día de Acción de Gracias, es necesario que miremos a nuestro alrededor y adentro de nosotros mismos y comprendamos la grandeza que contiene el perdón.
Porque el perdón, una palabra tan pequeña que encierra tanto, ha hecho que incontables hombres y mujeres puedan reconstruir sus vidas cuando todo parecía perdido.
¡Qué distinto sería el mundo si pudiéramos perdonarnos los unos a los otros!. Si en vez de contestar con un golpe, diéramos la otra mejilla, como enseño sabiamente Jesús Cristo hace más de dos mil años.

 

 

 

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