Por:
Eugenio Tironi (*)
“¿
Qué habría sido de mi vida sin Augusto
Pinochet?”. Millones de chilenos deben estar
haciéndose esta pregunta en los días
posteriores a su desaparición. Las respuestas
son muy disímiles. Para algunos, su figura
está identificada indeleblemente con la
muerte, la desaparición, la tortura, el
exilio, el despido, la humillación, el miedo,
el silencio; para otros, está asociada a
la salvación de una amenaza que ponía
en peligro el orden, la propiedad, la libertad,
el progreso económico y hasta la vida. Como
sea, Pinochet no ha sido indiferente para nadie.
¿
Fue acaso un personaje excepcional, que a fuerza
de genio o de valor marcó a su tiempo? Me
parece que no: Pinochet fue más bien un
hombre empujado por la historia a tomar un protagonismo
que nunca imaginó, y que tuvo la astucia
de seguirla sin resistir el destino que le indicaba.
Por ejemplo, Pinochet no fue quien ideó y
organizó el golpe militar; pero cuando éste
ya era inevitable, a raíz de una democracia
que se caía a pedazos, por una clase política
incapaz de canalizar institucionalmente sus conflictos
y garantizar el orden, él no tuvo escrúpulos
para dar la espalda a las promesas hechas al Presidente
Allende y ponerse a la cabeza de la sublevación,
donde empleó una fuerza tan desproporcionada,
que seguramente sorprendió a los compañeros
de armas que la habían venido planeando
desde la primera hora.
Pinochet, efectivamente, realizó una revolución
capitalista de corte liberal, que sacudió a
Chile hasta sus raíces. Los efectos de esta
fractura siguen vigentes hasta hoy. Pero, ¿fue
esto algo discurrido por Pinochet, o algo que ocurrió casi
accidentalmente, sin un plan previo? Pienso que
fue más bien lo segundo. Las primeras medidas
del nuevo régimen se orientaron
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por
un propósito de restauración antes
que de refundación. Pero el bombardeo de
La Moneda, con un Allende que rechaza la oferta
del exilio y que muere defendiéndola, fue
un punto de no retorno. No había más
opción que llevar a cabo una revolución
a la altura de la tragedia. Fue entonces que Pinochet
encontró en los “Chicago Boys” un
programa que podía justificar la extrema
violencia del golpe: romper con el tipo de capitalismo
europeo que la clase dirigente chilena había
impulsado en el siglo XX, y ensayar uno nuevo,
de tipo estadounidense. Nada de esto estaba en
los planes de Pinochet o de las Fuerzas Armadas
antes del 11 de septiembre de 1973; pero con La
Moneda en llamas y el fantasma de Allende a sus
espaldas, no quedaba más alternativa.
¿ Por qué Pinochet aceptó dejar el poder en 1990? Porque
percibió, otra vez, hacia dónde iba la historia. Las condiciones
que lo habían colocado en el poder (guerra fría, violencia interna)
habían desaparecido. Se había creado una sociedad más moderna
y abierta al mundo, incompatible con una dictadura con su historial en materia
de violación a los derechos humanos. Así, su propia revolución
terminó expulsándolo del poder. Más allá de algunos
corcoveos, Pinochet se resignó a su suerte; sin imaginar, seguramente,
que la cuestión de los derechos humanos y de la corrupción bajo
su régimen erosionaría su memoria a tal punto, que, a futuro, ningún
actor político invocaría su figura.
Pinochet ha muerto. No es la hora de idealizarlo como un visionario, porque no
lo fue; tampoco de celebrar su muerte, como si ella fuera a curar los dolores
que produjo o exorcizar nuestras miserias. Es la hora, más bien, de reflexionar
sobre nuestra sociedad, que en un momento lo creó y lo respaldó,
para, finalmente, expulsarlo. Pinochet ya no está; pero esas misteriosas
fuerzas siguen en nosotros.
(*) De El Mercurio, de Santiago de Chile. |