| |
Al
observar las imágenes de la gente que rodeaba
los restos de la asesinada líder de Pakistán,
Benazir Bhutto, nos encontramos con la furia y
la indignación reflejada en sus rostros.
Era lógico, habían perdido a una
gran conductora, cuya valentía y arrojo
sorprendían a muchos de sus allegados, quienes
le aconsejaban abandonar la carrera política,
a lo que ella se negaba tajantemente.
Es el mismo rostro que hallamos entre los familiares
de los rehenes secuestrados por las FARC en Colombia,
tres de los cuales estaban a punto de ser liberados
al momento de escribir estas líneas. O el
que podemos encontrar en muchas otras naciones,
a causa de la pobreza, el analfabetismo, la falta
de trabajo, el racismo y la marginación.
Pero además, esas imágenes mostraban
la tensión y el miedo que se vive en muchas
partes del mundo, donde evidentemente están
triunfando la irracionalidad, la desesperanza y
la oscuridad, fruto de las guerras fratricidas. |
|
Es
hora de que cambie esta situación. Para
ello hay que empezar desde la base, por la célula
familiar. Como acaba de señalar el Papa
Benedicto XVI, hay que fortalecer a la familia
para que se encamine por la ruta de la paz. “Cuando
la sociedad y la política no se esfuerzan
en ayudar a la familia… se privan de un recurso
esencial para el servicio de la paz”, remarcó en
un mensaje por el año que acaba de iniciarse.
Creemos que la familia tiene el derecho de ser
la primera responsable de la educación de
los hijos y, por lo tanto, de sentar las bases
para construir una comunidad responsable, que se
respete mutuamente, y que no sólo acepte
sus diferencias sino las solucione de manera civilizada,
en lugar de tomar decisiones unilaterales.
Sólo así lograremos un mundo más
unido y fuerte, y alejaremos el riesgo de que la
paz se rompa en perjuicio de las actuales y las
futuras generaciones. |