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| Se
salva porque empleado de la Corte destruyó evidencias
del juicio |
| Gobernador
de Virginia indulta a condenado a muerte |
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| Mark
Warner, Gobernador de Virginia, ordenó conmutar
la
pena de muerte decretada contra Robin Lovitt,
por la de prisión perpetua. |
Victor
Caycho
washington Hispanic
Los familiares y amigos de Robin Lovitt, de 42
años de edad y sentenciado a la pena de
muerte por homicidio, ya estaban perdiendo las
esperanzas de salvarlo de la inyección
letal que debía acabar con su vida a las
9:00 de la noche del miércoles 30 de noviembre
pasado.
Era el martes 29 y sabían que Lovitt ya
había salido del “corredor de la
muerte”, y que el domingo 27 lo desvistieron
y revisaron minuciosamente sus cavidades antes
de ser trasladado a la celda rodeada de barrotes
por los cuatro costados, donde esperaría
el momento de la ejecución. Iba a ser “el
ejecutado número 1.000” en Estados
Unidos desde que se restauró la pena de
muerte en 1976, hecho que había dado a
su caso notoria celebridad, dentro y fuera del
país.
Además, dichos allegados supieron que
el condenado a la máxima pena se encontraba
absolutamente solitario en un pequeño
cuarto que sólo contenía un colchón,
un inodoro, un lavatorio y una Biblia.
Por la vida de Lovitt habían intercedido
organizaciones de derechos humanos, como Amnistía
Internacional, y también la Iglesia, a
través de la Conferencia Católica
de Virginia representada por los arzobispos de
Richmond, Francis X. DiLorenzo, y de Arlington,
Paul S. Loverde.
En el último
momento
Ahora, la cuenta regresiva del reloj corría
inclemente y los allegados de ese hombre sólo
esperaban un milagro. Hasta que éste se
produjo el martes 29, la víspera de la
ejecución, por decisión de la única
persona que podía hacerlo, Mark R. Warner,
el gobernador de Virginia.
Warner –quien es considerado un potencial
candidato demócrata a la presidencia de
Estados Unidos en 2008-, reflexionó mucho
para tomar esa determinación. Durante
su mandato, que ya bordea los cuatro años,
se registraron 11 ejecuciones, en ninguna de
las cuales aceptó otorgar el indulto.
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Pero al final puso su rúbrica en el documento
mediante el cual conmutó la pena de muerte
por la de prisión perpetua, sin ningún
derecho a obtener el beneficio de la libertad
condicional.
“
Luego de una concienzuda revisión, es
mi decisión que Robin Lovitt pase el resto
de su vida en prisión, sin ser elegible
para libertad condicional”, afirmó Warner.
Razones de peso
El gobernador de Virginia argumentó que
el “caso Lovitt” era muy especial,
teniendo en cuenta que algunas evidencias que
pudieron haber demostrado la culpabilidad o inocencia
del acusado habían sido destruidas negligentemente
antes de que el proceso hubiera concluido.
“
El Estado de Virginia está legalmente
obligado a mantener evidencia física hasta
que un acusado haya agotado todo recurso legal
posterior al juicio”, manifestó Warner.
Asimismo, reiteró que la evidencia del
juicio a Lovitt “ha sido impropiamente
destruida, privando a la defensa de la oportunidad
de someter ese material a un examen final de
DNA”.
La
acusación
El acusado fue declarado culpable del asesinato
de Clayton Dicks, registrado en un salón
de billar ubicado en Arlington, Virginia, en
1988. Durante el proceso se estableció que
la víctima encontró a Lovitt tratando
de abrir la caja registradora del establecimiento
con un par de tijeras, que después habría
utilizado en el crimen. El arma homicida fue
encontrada en medio de unos arbustos, entre el
salón de billar y la casa de un familiar
de Lovitt. Este confesó que efectivamente
intentó abrir la caja registradora, pero
negó que él hubiera dado muerte
a Dicks.
Un examen inicial de DNA practicado a las huellas
encontradas en el par de tijeras no resultó concluyente.
Hasta que en 2001 un empleado de la corte destruyó la
mayor parte de las evidencias recogidas por la
policía, incluyendo el par de tijeras,
con lo cual una posible repetición del
examen del DNA quedó frustrada para siempre.
La situación se complicó porque
precisamente unas semanas antes de dicha destrucción
el Estado (Virginia) implementó una ley
que hacía obligatoria la preservación
de cualquier evidencia física en los casos
de pena de muerte.
Eso sirvió a los abogados de Lovitt a
sostener que un examen de DNA más sofisticado,
gracias a las nuevas técnicas de la ciencia
moderna, podrían haber probado la inocencia
de su defendido en el homicidio.
La otra cara de
la medalla
La reacción de los familiares de Lovitt
fue de alegría, obviamente. Pero de manera
distinta reaccionó la familia de la víctima.
Michelle Dicks, de 35 años y residente
en Washington, DC, sobrina del asesinado Clayton
Dicks, quien reveló que su familia examina
la posibilidad de hacer frente a la decisión
del gobernador del Estado.
“
No estamos muy felices, por supuesto, pero esa
decisión no hace ninguna diferencia porque
nada podrá traer de regreso a mi tío”,
dijo, en declaraciones que recogió la
agencia Associated Press..
El
número 1000 espera
a su verdugo
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Kenneth
Boyd esperaba en
la antesala de la muerte. Su ejecución
estaba prevista para las 2:00 a.m. del viernes
2. |
La pena de muerte en las cárceles
estadounidenses se ha modernizado: no se utiliza
la guillotina ni la horca. Tampoco hay un pelotón
de fusilamiento. Mucho menos el tradicional verdugo
que secciona la cabeza del acusado con una filuda
hacha.
Pero la institución del verdugo se mantiene.
Mientras al condenado se le amarra y se le clava
agujas en ambos brazos, debe esperar que una
persona, ubicada detrás de una gruesa
cortina de cuero, libere el veneno que lo matará.
Los especialistas explican que bastan cinco a
seis minutos para que el preso fallezca y sea
declarado muerto por inyección letal.
Pero tal verdugo no está solo. En un cuarto
adyacente, se ubican por regla general los familiares
de la víctima del declarado culpable.
Y también los familiares del condenado.
A través de una ventana de vidrio pueden
observar el cuerpo del sentenciado a muerte sobre
una tabla, con los brazos apoyados sobre tablones
recubiertos de algodón.
De acuerdo a los inspectores de cárceles,
el condenado solo ve su reflejo en un espejo.
Mientras tanto, separados del resto, asisten
periodistas y voluntarios que se presentan como "testigos
del Estado".
Este era el escenario que se disponía
a albergar al “ejecutado número
1.000”, ya sea en una cárcel de
Carolina del Norte o en otra de Carolina del
Sur.
Ese podría ser Kenneth Boyd, que esperaba
su ejecución, prevista para las 2 de la
madrugada de este viernes 2, en la cárcel
central de Raleigh, en Carolina del Norte. De
57 años de edad, Boyd fue condenado en
1994 por el asesinato de su esposa y su suegro.
Sin embargo, en cada rincón del cuarto
de la muerte hay teléfonos de diferentes
colores, que conectan directamente con la oficina
del gobernador y la Corte Suprema, por lo que
un eventual indulto de último momento
puede ser anunciado de inmediato.
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