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Jim Lobe / IPS
Después de años de demonizar a Evo
Morales, el gobierno de Estados Unidos debe decidir
si entabla un diálogo constructivo con el
flamante presidente electo de Bolivia y líder
de los cultivadores de coca.
Expertos en política internacional y latinoamericana
consideran que Washington debe tratar de forjar
un buen vínculo con Morales, quien ha demostrado
gran pragmatismo, incluso en materia de producción
de coca, principal insumo de la cocaína.
Pero dados los antecedentes del presidente George
W. Bush, los observadores no confían en
que un diálogo así vaya a formalizarse.
Uno de los obstáculos es la amistad de Morales
con quienes integran, según el ala derechista
del gobierno estadounidense, "la versión
americana del eje del mal": los presidentes
Hugo Chávez, de Venezuela, y Fidel Castro,
de Cuba. Ese temor es especialmente agudo entre
los halcones de la oficina del vicepresidente Dick
Cheney y de la cúpula civil del Departamento
de Defensa. Este mismo año, el subsecretario
de Defensa adjunto para el Hemisferio Occidental,
Roger Pardo Maurer, advirtió que Castro
había situado a Bolivia como su máxima
prioridad, sólo detrás de Venezuela.
"No es, bajo ningún concepto, inevitable
que Bolivia se convierta en un estado marxista,
radical, antiestadounidense, pro cubano y productor
de drogas... Pero los otros están trabajando
mucho para que vaya en esa dirección",
sostuvo Pardo Maurer. Poco después, el propio
secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, afirmó,
sin dar más detalles, que Cuba y Venezuela "han
estado involucrados improductivamente en la situación
en Bolivia".
La percepción de Morales como peón
de Castro y Chávez es peligrosa pone a Estados
Unidos y Bolivia en rumbo de colisión, de
acuerdo con analistas independientes. "Temo
que mucha gente en Washington ve a Morales mucho
más alineado con Castro y con Chávez,
como si fuera a convertirse en un adversario y
en una amenaza a nuestros intereses", según
Michael Shifter, experto en asuntos andinos del
centro de estudios Diálogo Interamericano. "Eso
provocará una reacción de enfrentamiento.
Y si Estados Unidos corta toda la asistencia, será una
profecía autocumplida", observó Shifter.
De hecho, el embajador estadounidense en Bolivia
advirtió en 2002 que Washington retiraría
su ayuda y sus inversiones si Morales era elegido
entonces presidente. El actual presidente electo
había surgido como líder de los cocaleros
(cultivadores de coca) y perdió las elecciones
de 2002 con el preferido del gobierno de Bush,
Gonzalo Sánchez de Lozada. Pero la amenaza
de Estados Unidos elevó la figura de Morales,
entonces poco conocido. El dirigente cocalero se
ubicó en segundo lugar y obligó al
Congreso legislativo boliviano a zanjar las elecciones,
pues Sánchez de Lozada no obtuvo la mayoría
absoluta. El gobierno de Bush fue más discreto
en esta ocasión.
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El Departamento de Estado insistió recientemente que "respetará la
decisión" de la ciudadanía boliviana. Morales basó su
campaña sobre el fin del programa de erradicación de cultivos de
coca financiado por Estados Unidos y del Consenso de Washington, esquema de ajuste
económico y privatizaciones propuesto por técnicos e instituciones
multilaterales de crédito y adoptada por la mayoría de los gobiernos
latinoamericanos en los años ‘90. Según estimaciones extraoficiales,
Morales obtuvo 51 por ciento de los votos, el respaldo más sólido
logrado por los presidentes bolivianos elegidos desde el fin de la dictadura
militar hace más de 20 años. La votación máxima obtenida
por un candidato antes fue 36 por ciento, en 1993, recordó John Walsh,
analista de la Oficina en Washington para América Latina (WOLA). "Evo
(Morales) tiene más legitimidad democrática que ningún otro
político boliviano desde 1982, y el gobierno (de Bush) y el Congreso deberían
reconocerlo", sostuvo Walsh.
La "guerra contra las drogas" es la prioridad estadounidense en Bolivia.
Y Morales se convirtió en una figura nacional, precisamente, por su participación
en el movimiento cocalero, por lo que durante mucho tiempo ha sido considerado
un enemigo de Estados Unidos. De hecho, algunos funcionarios estadounidenses
llegaron a calificarlo de narcotraficante y sostuvieron que los carteles de la
droga habían financiado sus campañas políticas. Pero, como
en otras áreas clave, Morales ha demostrado su pragmatismo, en particular
al distinguir entre la coca cultivada con propósitos tradicionales y la
que se procesa para la producción de cocaína, indicó Walsh. "Si
le dice que sí a la coca tradicional y que no al tráfico de cocaína,
debemos tomarlo en serio y comprometernos con él", afirmó. "No
hay duda de que tiene el mandato –y un mandato muy fuerte- para dar a la
política sobre drogas un curso diferente al que Estados Unidos siempre
impuso a Bolivia", sostuvo.
Pero Washington debe "reexaminar esa política" y advertir "el
resentimiento" que su gestión en la materia ha despertado en el país
latinoamericano, agregó Walsh. En algunos sectores del gobierno de Estados
Unidos se acepta hoy que los pequeños agricultores del Chapare, la región
del centro de Bolivia donde se cultiva más coca, deben estar fuera del
programa de erradicación, indicó el experto. "Esto sugiere
una posición más pragmática" incluso dentro de Estados
Unidos, según Walsh. La reciente sustitución de Roger Noriega como
principal funcionario del Departamento de Estado para América Latina por
el diplomático de carrera Thomas Shannon es una señal de ese pragmatismo,
señaló. "No me asombraría ver que intentaran un enfoque
más creativo en el vínculo con Evo Morales", concluyó el
experto.
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