Por:
Adrián Mac Liman / CCS (*)
Recuerdo que allá por los años ‘70,
cuando el entonces presidente galo Valery Giscard
d’Estaing efectuó una sonada visita
a los Estados Unidos, los grandes rotativos de
la costa este aprovecharon la oportunidad para
publicar los resultados de una encuesta realizada
por el Instituto Gallup, que ponía de manifiesto
los escasos, por no decir nulos, conocimientos
geopolíticos de la opinión pública
estadounidense. En efecto, algunos de los entrevistados
estimaban que Giscard era el soberano de un principado
europeo, un militar que tuvo la suerte o la desdicha
de haber heredado la presidencia imperial del mítico
general De Gaulle, un estadista del Viejo Continente
que gobernaba un país apenas conocido...
El escaso interés de la población
por la ubicación geográfica y el
sistema político de sus aliados transatlánticos
se perpetuó hasta los atentados terroristas
del 11 de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos
descubrió la existencia de naciones aliadas,
dispuestas a apoyarla en la “guerra global
contra el terrorismo”. Sin embargo, no se
trataba de un gesto unánime o incondicional.
Algunos estados europeos, como por ejemplo Francia
y Alemania, no parecían dispuestos a renunciar
a su habitual “cultura de la paz”,
supeditando el apoyo a la administración
Bush al acatamiento por parte de ésta de
viejas, aunque no obsoletas, normas de ética
en las relaciones internacionales. Pero la Casa
Blanca se decantó por la llamada “cultura
de la muerte”, es decir, por el uso de la
fuerza. La brecha provocada por la desunión
enturbió, hasta el mes pasado, las relaciones
entre europeos y estadounidenses.
Durante la primera quincena del mes de noviembre,
los políticos de este país descubrieron
los primeros indicios de cambio en la política
exterior de los principales países europeos.
Tras la victoria electoral de Nicolás Sarkozy,
la orientación de la diplomacia experimentó un
inesperado cambio de rumbo, que contempla un acercamiento
entre París y Washington. Esta nueva estrategia
queda reflejada en el discurso pronunciado por
el presidente galo en su visita a Washington, DC.
Sarkozy, el “nuevo gran aliado” de
George W. Bush, dirigió a los congresistas
mensajes cortos y contundentes al afirmar que deseaba “reconquistar
para siempre el corazón de los americanos”,
que tenía el firme propósito de ser “amigo,
aliado y socio” de la primera potencia mundial.
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Sus palabras fueron acogidas
con entusiasmo por la clase política.
Los republicanos interpretan el gesto de Sarkozy
como un giro de 180 grados en la política
de uno de los países clave de Europa,
mientras que los demócratas estiman que
el presidente francés pretende allanar
la vía para el restablecimiento de relaciones
cordiales con la futura administración
estadounidense, de otro signo y distinto talante
político.
Tampoco hay que olvidar que la intervención
de Sarkozy no se limitaba a meras alabanzas.
El “nuevo gran amigo galo” no dudó en
llamar la atención sobre los peligros
de un enfrentamiento económico entre Europa
y Estados Unidos, recordando que la debilidad
del dólar obstaculiza las políticas
de recuperación económica ideadas
por los miembros de la Unión Europea,
ya que el encarecimiento de las exportaciones
europeas podría generar, a mediano plazo,
un ambiente de crisis económica.
Hay quien piensa que Sarkozy dirigía su
mensaje al conjunto de la clase política
estadounidense. Tampoco faltan las voces críticas,
que descartan la posibilidad de que Bush modifique
a estas alturas su política exterior en
aras de una cooperación armoniosa con
el Viejo Continente. En este contexto, cabe suponer
que la “operación sonrisa” de
Nicolás Sarkozy podría quedar limitada
a una estrecha y calurosa relación personal
con el actual inquilino de la Casa Blanca.
Apenas 48 horas después de la visita del
jefe del Estado francés a Washington,
Bush recibió en su rancho tejano a la
canciller germana Angela Merkel. También
en este caso se pretendía recomponer una
relación bilateral imprescindible para
la seguridad del mundo occidental. Para el semanario
británico “The Economist”,
esos vaivenes diplomáticos podrían
resumirse en una frase: “Vuelve Europa;
todo está perdonado”. Cabe preguntarse,
sin embargo, si los europeos buscan o necesitan
la clemencia de la Casa Blanca.
(*) Analista político internacional
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