| Calderón
contra los narcos |
Por: María
Elena Salinas
Para
Felipe Calderón el convertirse en presidente de México
no fue nada fácil. El nuevo mandatario tuvo que entrar
a la sede del Congreso por la puerta trasera para tomar juramento
y evitar que legisladores de la oposición boicotearan
la ceremonia de posesión, el pasado primero de diciembre.
Calderón demostró ser tenaz. Pero ese hecho
no es nada, en comparación al desafío lanzado
contra los grandes jefes del narcotráfico.
En el primer acto agresivo de su presidencia, Calderón
lanzó el “Operativo Michoacán”,
una estrategia para rescatar al país de los ‘barones’ de
la droga. Comenzó en su estado natal de Michoacán,
donde se han cometido el 50 por ciento de los crímenes
relacionados con drogas en tiempos recientes. Siete mil agentes
federales y militares fueron enviados para controlar la violencia
en una operación calificada como un éxito por
el ministro de Defensa de México. Durante 22 días
la misión arrojó un saldo de 80 arrestos y
la destrucción de casi 600 acres de plantaciones de
marihuana.
La ciudad fronteriza de Tijuana, Baja California, se convirtió en
el segundo frente de batalla con más de 3,000 soldados
y agentes federales. Allí enfrentan otro tipo de
desafíos. Según la Procuraduría General
los narcotraficantes se han “apoderado de Tijuana”.
La ciudad es hoy en día uno de los destinos principales
para las drogas que pasan de contrabando a través
de la frontera hacia Estados Unidos provenientes de Centro
y Sudamérica y otras partes de México.
El consumo de drogas también va en aumento. Las autoridades
mexicanas dicen que han identificado tan sólo en Tijuana,
por lo menos 8,000 “tienditas” o “picaderos” donde
los narcóticos están disponibles fácilmente.
Pero quizás lo más inquietante es el hecho
de que los carteles de las drogas han penetrado exitosamente
en instituciones públicas y privadas. Inquietante,
pero no sorpresivo.
La corrupción relacionada con las drogas en México
ha sido rampante por décadas. No es un secreto que
los grandes capos de la droga han gozado de la protección
de funcionarios en los niveles más altos del gobierno
y del ejército.
En febrero de 1997, el entonces presidente Ernesto Zedillo
fue puesto en una situación vergonzosa al tener que
ordenar la detención de su propio zar antidrogas,
el general Jesús Gutiérrez Rebollo, por sus
conexiones con el cartel de Juárez. Zedillo también
puso tras las rejas al capo Joaquín “Chapo” Guzmán,
quien terminó escapándose de la cárcel
en las primeras semanas de gobierno de su sucesor.
Aunque el presidente Vicente Fox presume del éxito
en su guerra contra las drogas, la realidad es que la violencia
se incrementó durante los seis años de su presidencia.
Miles fueron arrestados, incluyendo a unos cuantos peces
gordos, pero algunos siguieron controlando el negocio desde
la cárcel y surgieron nuevos grupos más pequeños
luchando por el control de las rutas de la droga que quedaron
desatendidas.
El enviar a miles de tropas a Nuevo Laredo en el 2005 para
luchar contra la violencia generada por las drogas en la
llamada “madre de todas batallas” resultó contraproducente
para Fox. No sólo porque la violencia continuó,
sino porque la policía local terminó enfrentándose
a los militares. La situación se agravó cuando
un jefe policíaco fue asesinado siete horas después
de asumir el cargo y unos días más tarde una
casa fue atacada con cohetes y granadas.
Según la Comisión de Seguridad Pública
de la Cámara de Diputados ocurrieron unas 9.000 ejecuciones
relacionadas con el tráfico de drogas durante el sexenio
de Fox, un promedio de cuatro por día. A Fox parece
habérsele ido de las manos la lucha contra las drogas.
Calderón advierte que su pelea contra las drogas será larga
y costosa y podría resultar en pérdida de vidas.
Tiene todo un plan de acción que incluye el uso del
ejército y la armada para reforzar a policías
locales y federales. Prometió aumentos de sueldo a
las fuerzas armadas y sentencias más severas para
narcos y secuestradores. Sin embargo, estará compitiendo
con el largo brazo del narcotráfico y sus bolsillos
profundos. Su desafío más grande será prevenir
más corrupción en las agencias policíacas,
persiguiendo a aquellos que se esconden detrás de
sus credenciales para proteger a narcotraficantes y que se
venden al mejor postor.
(*) Maria Elena Salinas es autora del libro "Yo soy
la hija de mi padre: Una vida sin secretos". Distributed
by King Features Syndicat.
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