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Cuando la violencia nos toca

Por: María Elena Salinas

A André Laurent le apasionaba la comida. Indeciso sobre qué carrera seguir trabajaba en la industria hotelera y era el encargado de atender a su abuelo Luis Gómez en su casa de San Dimas, California. Su sueño era, algún día, abrir su propio restaurante. Pero eso nunca ocurrirá. Era precisamente comida lo que tenía en la mente la noche del miércoles 4 de enero cuando llamó a su mamá pidiéndole que pasara por el mercado y comprara galletas y gaseosas. Para cuando ella llegó a casa, él ya no estaba. Un amigo lo había invitado al cine y después de recoger a otro joven irían a ver “King Kong”. Lo único que faltaba era gasolina, así es que decidieron salir de la autopista de Pomona a buscar una gasolinera. Fue allí donde su noche de diversión tomó un giro mortal.

Recibimos la llamada como a las 9 de la mañana del siguiente día. Con la voz temblorosa y en estado de shock mi prima Frida, quien contestó el teléfono gritó: “¡No es posible!”.

“¿ Qué pasó?”, le pregunté.
“ Mataron al hijo de Lupita”, contestó.

Lupita es nuestra prima. Nacida bajo el nombre María Guadalupe Gómez, se lo cambió a Mary al establecerse en Estados Unidos y tomó el apellido Laurent después de casarse. Cuando éramos niñas jugábamos durante reuniones familiares. Nuestras madres eran hermanas. La mía, la mayor, y la suya, la tía Maria Luisa, la menor de ocho hermanos. Como suele ocurrir con las familias numerosas, con el tiempo cada quien tomó su camino y terminamos viéndonos solo en ocasiones especiales, bodas o funerales. Al quedar viudo, mi tío Luis, se fue a vivir con Lupita, quien ya estaba en segundas nupcias. A sus 86 años de edad, su nieto André se convirtió no sólo en su guardián, sino en su más fiel compañero; era su orgullo, su razón de vivir. Eran inseparables. Lo último que pudo pasar por su mente aquel fatídico 4 de enero es que rumbo al cine André caería victima de un cobarde acto de violencia. Que sería blanco de algún desalmado, cuyo odio lo llevó a matar sin razón y sin sentido a alguien que no conocía.

De acuerdo al amigo de André, que estaba parado detrás de él mientras el otro ponía gasolina, dos hombres en una camioneta se acercaron y dijeron algo. Al no escuchar André se acercó al vehículo y el individuo le preguntó que si tenía algún problema con él. “No”, le respondió. “Entonces, ¿por qué me estás mirando así?”. Acto seguido le disparó a la nuca y el auto huyó de inmediato. La policía dice que el incidente, que quedó grabado en un video de seguridad, duró únicamente nueve segundos. El departamento de policía de Pomona cree que los asesinos son los mismos individuos que habían sido sacados a la fuerza de un antro cercano, unos minutos antes, por hostigar a una bailarina. Hubo un tiroteo pero nadie resultó herido.

Todos los días se dan casos de trágicas muertes de jóvenes inocentes. Como periodista me toca a menudo reportar sobre ellos. Pero eso le pasa a otra gente. No es hasta que nos llega de cerca que nos damos cuenta de la magnitud del dolor que causan. Se podría pensar que fue el destino. Después de todo, André se pudo haber quedado en casa esperando las galletas y gaseosas que le pidió a su mamá. El y sus amigos podrían haber escogido otra salida en la autopista para cargar gasolina. Pero es difícil creer que el destino de un hombre joven, con una familia que lo adoraba y un futuro por delante, sería morir a los 24 años de edad sólo porque un maldito despiadado no tenía otra cosa que hacer, más que ir en busca de una presa para satisfacer su deseo de matar.

El círculo de violencia que está desangrando a nuestros barrios tiene que parar. Hay demasiados jóvenes en nuestra sociedad que le han perdido el respeto a la vida. Con la recompensa de 25.000 dólares para quien ayude a identificar a los culpables, la familia espera que surja algún testigo. Lo único que quieren es que se haga justicia y evitar que otra familia sufra la pérdida inútil de un hijo o una hija. “Desde chico”, me dijo mi prima, “André tenía un buen corazón y amaba a la vida, desafortunadamente se la quitaron. Pero él siempre vivirá en mi corazón”. Era su único hijo. Que en paz descanse.