Por
Harry Reid (*)
En 1977, fui nombrado presidente de la Comisión
de Juego de Nevada. Fueron tiempos difíciles
para la industria del juego y para Las Vegas, que
estaban siendo destruidas por el crimen organizado.
Hasta ese punto en mi vida, yo había servido
en la Asamblea de Nevada y aún como vicegobernador,
pero nada me había preparado para mi lucha
contra la mafia.
A lo largo de los siguientes años, hubo
amenazas contra mi vida, intentos de soborno, operativos
del FBI y hasta pusieron una bomba en el auto de
mi familia. Fue una experiencia aterradora, pero
al final, limpiamos Las Vegas y ayudamos a iniciar
una nueva era de responsabilidad.
Mi responsabilidad con la comisión del juego
terminó en 1981, y cuando sucedió,
pensé que era la última vez que veía
tal corrupción. Desafortunadamente, no es
así. No es exactamente como la mafia de
Las Vegas en la década de los ‘70,
pero lo que está sucediendo hoy en Washington,
DC, es así de corrupto y las consecuencias
para nuestro país han sido severas.
La capital de nuestra nación se ha visto
invadida por el crimen organizado, al estilo Tom
Delay.
Los gangsters de ahora son la pandilla de cabilderos,
sus amigotes y los legisladores que han abusado
de su poder para servir a sus propios intereses.
Los casinos son el Capitolio, que ha tenido sus
puertas abiertas para los grupos de intereses especiales
que entran y toman lo que quieren, y la víctima,
desde luego, es el pueblo estadounidense.
Hoy en nuestro país estamos viendo lo que
sucede cuando los legisladores y los cabilderos
conspiran para poner las necesidades de los grupos
de intereses especiales por encima de las necesidades
del pueblo estadounidense. Somos un país
que cada vez depende más del petróleo
extranjero. Tenemos amiguismos como los expuestos
por el huracán Katrina y al mismo tiempo
una política de seguridad nacional que hace
un buen trabajo al proteger las ganancias de Halliburton,
pero no protege lo suficiente al pueblo estadounidense.
Yo creo firmemente que juntos podemos hacer de
Estados Unidos un país mejor. Podemos tener
un gobierno que ponga al pueblo estadounidense –no
a los grupos de intereses especiales- en primer
lugar, y que comience a limpiar Washington.
Un liderazgo honesto debería ser una meta
partidista. Es la clave para un país más
fuerte. Cuando los líderes ponen los intereses
de Estados Unidos por encima de sus propios intereses,
no hay límite sobre que tan lejos puede
llegar este país. Podemos progresar en tantas áreas,
incluyendo la independencia energética,
cuidados médicos económicos, seguridad
para el retiro y alivios de impuestos para la clase
media.
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En
2006, es hora de asegurarnos que los legisladores
pongan siempre el progreso por encima de la política.
Esto requerirá algunos pasos dolorosos
pero necesarios para desarraigar la corrupción
y el amiguismo en nuestro gobierno, y para poner
un fin a la política de favores a cambio
de compensaciones como las que ayudaron a Jack
Abramoff a subir.
Nuestra primera acción debe ser dar nuevo vigor a la aplicación
de las reglas de ética del gobierno para que la gente sepa que hay consecuencias
por romper la ley. En segundo término, debemos cerrar esa puerta giratoria
por la que pasan los funcionarios y personal del gobierno a las firmas de cabilderos
de la Calle K.
Tercero, debemos reformar las reglas de regalos y viajes que han fomentado las
políticas de “pago-por-ver”, como hemos visto en el asunto
Abramoff.
Si vamos a tener verdaderas reformas en Washington, los Demócratas mostraremos
el camino. Lo que distingue nuestro proyecto de ley de reformas es su alcance
y nuestro compromiso por lograrlo. Con ese fin, he dado instrucciones a todo
mi personal para que sigan las reformas propuestas en la Ley de Liderazgo Honesto,
ya sea que pasen o no pasen en el Congreso. A ningún empleado de mis oficinas
federales se le permitirá recibir ningún regalo, comidas o viajes
de los cabilderos. Estos cambios son un esfuerzo por poner el ejemplo y que otros
nos sigan.
Finalmente, debemos sacar a la luz las relaciones entre los cabilderos y los
legisladores. Necesitamos reglas de divulgación de información
que le digan a los electores con quién se reúnen sus legisladores,
qué están pidiendo los cabilderos y qué regalos e incentivos
están repartiendo.
Yo apoyo estos pasos no porque sean una buena acción política en
un año de elecciones, sino porque son los pasos correctos a tomar ante
la corrupción que hemos visto en Washington. Sé que hay quienes
creen que limpiar Washington es una causa perdida y que la corrupción
y el gobierno siempre van de la mano. A esas personas quiero decirles que se
equivocan.
Si pudimos echar a la mafia de Las Vegas en los años ‘70, podemos
cambiar la cultura de Washington y dar a Estados Unidos un gobierno tan bueno
y honesto como el pueblo al que sirven.
(*) Harry Reid es el líder Demócrata en el Senado y representa
al estado de Nevada.
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