| Padilla:
malo, pero no un terrorista |
Por: María
Elena Salinas
José Padilla no
es un santo, pero tampoco es un terrorista. Su madre, Estela
Ortega Lebrón, lo ha dicho desde que su hijo fue arrestado
en 2002 y ahora una jueza federal de un tribunal del distrito
de Miami está de acuerdo con ella.
El llamado "Talibán Puertorriqueño" fue
sentenciado a 17 años y cuatro meses en prisión,
mucho menos de los 30 años a cadena perpetua que pedían
fiscales federales. La sentencia representa un golpe para
el gobierno de Estados Unidos y pone en duda si se sobrepasó o
no de sus limites violando los derechos constitucionales
de un ciudadano norteamericano en sus esfuerzos por ganar
algunos puntos en su lucha contra el terrorismo.
Cuando Padilla fue arrestado en mayo de 2002 en el Aeropuerto
O’Hare de Chicago, el entonces procurador general John
Ashcroft anunció un gran golpe. Había sido
arrestado un hombre que conspiraba para fabricar una bomba
sucia radioactiva que sería detonada en una de las
grandes ciudades estadounidenses con la intención
de causar "muerte y heridas masivas".
Un ex pandillero con un amplio record criminal, Padilla,
también conocido como Abdullah al-Muhajir o Muhajir
Abdullah, fue señalado como un "combatiente enemigo" y
fue encerrado en una prisión militar en Carolina del
Sur y tratado como uno más de los centenares de sospechosos
de terrorismo detenidos en Guantánamo. Ningún
cargo de carácter oficial fue presentado contra él.
Fue mantenido aislado, sin poder recibir visitas ni tener
acceso a una representación legal.
Aun reaccionando al 9/11 el gobierno federal argumentó que
tenía el derecho a mantener bajo esas condiciones
a un sospechoso de terrorismo y llevarlo ante un tribunal
militar en vez de a una corte civil. Pero Padilla no era
un fundamentalista radical de Egipto, Arabia Saudita ni Afganistán
como muchos de los detenidos en Guantánamo, sino un
ciudadano estadounidense que había viajado a esos
países.
En una rara entrevista el año pasado, Ortega Lebrón
dijo que su hijo, quien fue criado como católico y
se convirtió al Islam, había viajado al Oriente
Medio para estudiar más su nueva religión,
no para formar parte de ningún grupo terrorista. Los
fiscales argumentan que él fue a la región
realmente con la intención de vincularse a un campo
de entrenamiento de al-Qaida.
Después de una prolongada batalla legal de tres años
y medio, el gobierno fue forzado a renunciar a su lucha de
tratar a Padilla como a un combatiente enemigo y lo transfirió a
una cárcel de Miami donde enfrentaría a un
juicio en una corte civil con otros dos co-acusados. Allí su
madre pudo visitarlo finalmente y denunció que su
hijo fue víctima de torturas y seguía siendo
tratado como un terrorista.
Los cargos contra los tres hombres esta vez no tuvieron nada
que ver con una "bomba sucia" sino con una conspiración
para asesinar, raptar y mutilar a personas en el extranjero.
Después de un juicio de tres meses de duración,
un jurado federal encontró a los tres hombres culpables
de todos los cargos en su contra.
Mientras enfatizaba la seriedad de los crímenes, la
jueza del Tribunal de Distrito de Miami, Marcia Cooke, hizo
notar que no existían evidencias de que Padilla y
sus coacusados fueron parte de un complot para atacar a Estados
Unidos. "No existe evidencia de que estos acusados personalmente
mutilaron, secuestraron o asesinaron a nadie en Estados Unidos
o en otra parte", dijo.
La jueza Cooke dijo que fueron personas como Zacarías
Moussaoui, declarado culpable de cargos por haber sido parte
de los atacantes suicidas de al-Qaida con bombas en septiembre
11 de 2001, y Terry Nichols, quien fue condenado por el ataque
contra el edificio federal en la Ciudad de Oklahoma, quienes
merecen pasar el resto de sus vidas tras las rejas. En su
decisión ella tomó en cuenta los tres años
y medio que Padilla pasó en una cárcel militar
y lo que describió como "el duro trato que él
recibió durante su detención".
La sentencia causó reacciones mixtas entre los abogados
del gobierno federal y los de la defensa quienes prometieron
apelar. Activistas de los derechos civiles se quejaron de
que la manera como el caso fue manejado no hizo más
seguro a Estados Unidos, pero sí un poco menos libre.
Pero para Estela Ortega Lebrón fue suficiente para
reclamar la victoria: "Estoy muy feliz", dijo. "Ahora
ha quedado confirmado que mi hijo no es un terrorista",
añadió.
Entre otras lecciones, la sentencia de la jueza Cooke envía
el mensaje de que a un sospechoso se le debe hacer responsable
por el daño potencial que podría causar, pero
no por crímenes hipotéticos que no han sido
cometidos.
(c) 2008 by Maria Elena Salinas
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