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| Patricia Guadalupe |
| Columnista |
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El
asediado procurador general Alberto Gonzales, bajo
creciente críticas por supuestamente dejar
que el Departamento federal de Justicia funcione
como otra ala política de la Casa Blanca,
hizo esta semana lo que cualquier persona valiente
hubiera hecho cuando se encuentra acorralada: echarle
la papa caliente a otro.
Gonzales, quien ha sido fuertemente criticado por
jugar un papel en el despido de varios fiscales federales
y por el supuesto mal manejo de otros asuntos legales,
reconoció que se "cometieron errores" pero
añadió que es porque se dejó llevar
por lo que le decía su jefe de personal, que
su jefe de personal era el que estaba a cargo de
manejar el asunto de los fiscales federales y de
decirle qué estaba pasando en el Congreso,
etcétera. "Quizás debí haberme
enfocado más (en el tema)", dijo Gonzáles
durante una entrevista con un programa matutino de
televisión. "En ese sentido, pude haber
hecho un mejor trabajo".
¿ De veras?
Gonzales niega que él haya hecho algo malicioso,
y agrega que las fiscalías federales son puestos
de confianza bajo el cual la gente funge bajo “el
placer del presidente’. Eso obviamente quiere
decir que si el presidente en funciones quiere reemplazarlos,
muy bien lo puede hacer, como cualquier puesto de
confianza, incluyendo todas las secretarías
de agencias federales. Incluso es algo que todos
los presidentes han hecho, incluyendo la entonces
procuradora general Janet Reno durante la administración
Clinton cuando propuso despedir a cada uno de los
más de 90 fiscales federales.
La polémica actual en cuanto a Gonzales no
necesariamente se trata solamente del despido de
unos cuantos fiscales federales y que estos estuvieran
tan furiosos que se quejaron público. Se trata
más bien de lo que sus críticos y analistas
ven como un patrón preocupante en la Casa
Blanca; la politización de la administración
Bush y la conducta vengativa de parte de los guaruras
del presidente cuando pasa algo que pudiera interpretarse
como negativo hacia la presidencia Bush. Y como Gonzales
era el abogado particular del presidente, dicen por
ahí que él no ha sabido dejar lo personal
fuera cuando se pone el sombrero de procurador general
del país. Es algo que desde luego niega, pero
la sospecha ya está presente.
Desde que comenzara su presidencia, el primer mandatario
estadounidense se ha caído de cara diciendo
que le gusta el debate y las opiniones contrarias
a las suyas; que busca en su personal la clase de
gente que le dé una asesoría franca
y honesta, sin pelos en la lengua. Pero no hay que
ser perito de noticias para ver que en muchos casos
ha ocurrido todo lo contrario, y por eso el despido
de los fiscales ha desatado esta ola de controversia
tan fuerte. Y cabe notar que no solamente son los
demócratas que se quejan. Brillan por su ausencia
los republicanos apoyando a Gonzales, y hasta el
mismo presidente le dio un respaldo tibio y mongo
cuando comentó que ‘’no estaba
contento” con todo lo que estaba pasando, pero
de todos modos apoya a Gonzales y espera que él “lo
resuelva”.
Pero el problema es que el mismo presidente es el
que tiene que resolverlo. Resolver esa percepción
que esta administración está para servirlo
a él solamente y no al pueblo que lo eligió.
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