La
decisión del Comité Judicial del
Senado de negarse en el último momento
a votar un proyecto de reforma migratoria que
sólo ponga el énfasis en la seguridad
y que al mismo tiempo reconozca la contribución
a la economía nacional de los 12 millones
de trabajadores indocumentados no es casualidad.
Está claro que la decisión de los
miembros de la cámara alta del Capitolio
es producto de la racionalidad y la mirada a largo
plazo, que hizo dejar a un lado los intereses electorales
inmediatos y muchas veces mezquinos que guían
a algunos miembros del Congreso.
Como repiten algunos sociólogos, los senadores
dejaron de mirar el árbol y fijaron su vista
en el bosque.
La decisión también es fruto de la
paciente y muchas veces anónima lucha de
los trabajadores inmigrantes, y de
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ciudadanos
y organizaciones hispanas y estadounidenses que
cabildean para que no hayan ciudadanos de primera
y segunda clase.
Está claro que las recientes manifestaciones de Filadelfia Washington
y Chicago, en las que los hispanos hicieron sentir su voz, no pasaron desapercibidas.
Saludamos esta decisión sabia del Senado, de poner un freno al debate
y no dejarse presionar para aprobar irreflexivamente una ley que sólo
criminalice a los inmigrantes y a quienes los apoyen.
Con su decisión, el Senado además escuchó el reclamo de
la comunidad empresarial estadounidense y de sus granjeros, dos pilares básicos
de su economía, que piden a gritos que los dejen contratar la mano de
obra que se necesita.
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