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Del Senado a la Casa Blanca




Mientras que el senador John McCain, el candidato republicano, ya no tiene rival en la carrera presidencial 2008, los senadores demócratas Clinton y Obama, con las mismas aspiraciones, siguen dando la batalla en esta carrera que finalmente no se decidió el “súper martes” del 4 de marzo, y parece improbable que en las venideras primarias del 7 de abril se definirán los intereses políticos y partidistas en juego.

Por una parte, están los electores del pueblo apoyando con voz y voto a los candidatos de su preferencia, aunque para sufragar tengan que acudir a las urnas dos veces. Por el lado opuesto están los intereses de los delegados que, en mayor o menor número (2.025 los demócratas y 1.191 los republicanos), son quienes van a la convención nacional por sus respectivos partidos con un mandato específico: apoyar a los candidatos nominados para la elección general del 4 de noviembre. Esto tampoco les asegura, a ninguno de los tres, el puesto en la Oficina Oval.

Pero hay más detalles. La estocada intermedia y el zarpazo final que dan los más de 300 Súper delegados en la convención, y la siempre polémica decisión que toma el “omnipotente” Colegio Electoral, que tiene la última palabra en esta farándula estrictamente política. Aquí los independientes como tercera opción no cuentan para nada pero dañan la campaña y le restan votos a los candidatos de los partidos tradicionales. Ya lo hemos visto en el pasado con Ross Perot, y ahora dos personajes más haciéndole sombra a la trilogía Clinton, McCain y Obama.

Así las cosas, en vista de la importancia y el peso que va teniendo el voto latino en esta jornada electoral sin precedentes también hay un dilema perceptible, tanto para la mayoría del electorado anglo de todos los estratos sociales del país, así como para las minorías compuestas por afro americanos, asiáticos y otros grupos de menor impacto político, aparte de los judío-americanos, con su gran influencia en la vida económica y política de Estados Unidos, incluso con ventajas extraordinarias sobre el derecho no ejercido o poco visible que tienen los nativos americanos de todas las naciones o tribus de indios que habitan en el territorio nacional.

 

De ellos no se oye hablar, ni la gran prensa estadounidense los menciona en los debates abiertos de opinión pública que están causando altos niveles de audiencia. No obstante, de los tres candidatos en campaña disputándose la silla presidencial, lo único que se puede dar por seguro es que quien sea el privilegiado de sentarse en ella será un miembro proveniente de las filas del Senado. Un fenómeno como éste no ocurría en un proceso electoral en Estados Unidos en los últimos 48 años, desde cuando un demócrata, el entonces joven senador de Massachussets, John F. Kennedy, saltó del anonimato a la presidencia. Cuarenta años antes de que Kennedy fuera electo, un republicano de Ohio, Warren Harding, fue el precursor de los presidentes que desde la Cámara Alta, tan solo con seis años de servicio y experiencia senatorial, ganó la presidencia. Entre Harding y la senadora Clinton hay similitudes, igual que entre Kennedy y Obama; ambos senadores, con menos de cinco años de experiencia, se lanzaron a una carrera presidencial. Harding y Kennedy fueron los dos únicos presidentes que murieron sin terminar su mandato. Harding de un ataque al corazón el 23 de agosto de 1923, y Kennedy, 40 años más tarde, asesinado en Dallas, Texas, en noviembre de 1963.

Muchos senadores han tratado infructuosamente de ganar la nominación presidencial, o de haberla ganado no llegaron a la Casa Blanca. El caso del senador John Kerry, en 2004, es el más reciente. En conclusión, a los tres senadores en esta contienda les falta todavía mucho trecho por recorrer de cara a la convención nacional. McCain es el único que la tiene más fácil pues no tiene rival. Clinton y Obama serán la gran sorpresa, uno, y la gran desilusión el otro. Gane quien sea, los electores deberán ser muy cuidadosos y prudentes con su voto. Un error de cálculo, desde ahora hasta las elecciones generales, podría ser desastroso para la nación. Los residentes del área metropolitana de Maryland, Virginia y Washington, DC, que ya sufragaron en las primarias del Potomac, tienen bastante tiempo para reflexionar. Ningún político es absolutamente malo –aunque hay excepciones-, porque ninguno, sobre todo en política de altura, puede ser absolutamente bueno aunque quiera demostrarlo con el beneficio de la duda. Tampoco vale más uno malo conocido que otro por conocer, sin saber qué tan bueno podría ser.

 

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