Por:
José R. Uzal
El precio de la gasolina continúa su inexorable
marcha hacia la estratosfera, arrasando a su paso
con problemas nacionales como la inmigración
ilegal y creando otros como la contracción
económica. Lo interesante de todo esto es
la resignación con que los estadounidenses
están aceptando el hecho que pronto pagarán
más de cinco dólares ($5) por galón.
No se oyen demandas de cambio por parte de la opinión
publica.
El costo del combustible diesel ya sobrepasa los
cuatro dólares ($4), cifra significativa
ya que la red de abastecimiento nacional se mueve
por carretera y todos los camiones consumen diesel.
El costo adicional se le carga al consumidor en
forma de aumentos en el precio de la canasta familiar.
Nadie protesta.
Los trabajos comienzan a escasear, los precios
aumentan y las viviendas propias, el ultimo bastión
de riqueza de la clase media, están en peligro
de desaparecer y convertir a los estadounidenses
en una nación de inquilinos. El silencio
de las masas es ensordecedor.
La nación está bajo los efectos de
un soporífico electoral. Los candidatos
pasan el tiempo con acusaciones y debates sobre
temas personales. Es obvio que ninguno de los tres
candidatos tiene la menor idea de cómo resolver
la presente situación, y peor, como salir
del cause que esta llevando a EEUU hacia una catástrofe
económica.
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El dólar continúa
en picada y estamos en peligro de que deje de
ser la divisa fuerte con la que se llevan a cabo
todas las transacciones petroleras. Si perdemos
esa ventaja las consecuencias serían brutales
para la economía. Una de las ventajas
que ofrece un dólar débil es que
rebaja el precio de las exportaciones, pero como
Estados Unidos ya no produce mucho los beneficios
son limitados. El dólar débil hace
el viajar al extranjero extremadamente costoso
lo cual afecta al turismo.
El actual caos económico ha sacado la
reforma migratoria del diálogo nacional
y los indocumentados comienzan a darse cuenta
que una economía que no los necesita y
un costo de vida cada día mayor son la
forma más efectiva de deportación.
Nadie emigra para pasar vicisitudes en otras
tierras.
Sólo se puede estimar que el pueblo estadounidense
no está quejándose porque espera
que las elecciones del próximo noviembre
traerán soluciones. Mientras tanto, están
ocupados tratando de sobrevivir y adaptándose
a los cambios crea la presente situación
económica.
El problema es que esperar a que el próximo
presidente resuelva los problemas económicos
sería demasiado tarde. El Congreso y la
presente administración tienen que actuar
inmediatamente para evitar el sufrimiento y la
desesperación que se aproximan.
uzal@msn.com
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