| Un futuro
sombrío para nuestra juventud |
Por: María
Elena Salinas
Muchos reaccionaron con
asombro al reciente informe que indica que más de
un millón de jóvenes en Estados Unidos no se
gradúan de la secundaria cada año. Pero yo
no. No me sorprendió. Es más, me dio gusto.
No es que sea insensible al problema o que goce del infortunio
de los demás. Para nada. Primero, he estado consciente
de la seriedad del tema durante muchos años, y segundo,
espero que este tipo de información alarmante sirva
para llamar la atención y que se haga algo al respecto.
Algunos de los hallazgos son perturbadores. Cada 26 minutos
un joven en el país deja sus estudios secundarios.
A nivel nacional sólo siete de cada 10 estudiantes
terminan la secundaria. En 17 de las 50 ciudades más
grandes del país menos de la mitad de los estudiantes
se gradúan. Con razón el estudio lleva como
titulo, muy apropiadamente, "Ciudades en crisis".
Entre otras cosas, el estudio, que se concentró en
los niveles de graduación, muestra que en las áreas
urbanas los jóvenes tienen un 15 por ciento menos
probabilidades de graduarse que en los suburbios. Las ciudades
más golpeadas son Baltimore, Cleveland, Detroit e
Indianápolis, donde menos del 35 por ciento de los
estudiantes reciben diploma de graduación.
Los más afectados son los varones y las minorías.
El reporte dice que los niveles de graduación de los
varones son 8 por ciento menores a los de las mujeres. Además
la diferencia entre los blancos que se gradúan y los
miembros de las minorías puede llegar en algunas partes
al 25 por ciento.
Un estudio presentado durante la conferencia anual del Consejo
Nacional de La Raza el verano pasado mostraba que la educación
es el principal tema en la mente de los votantes hispanos
y que la deserción escolar entre los jóvenes
latinos es su mayor preocupación. Sin embargo, no
escuchamos a los pre-candidatos presidenciales referirse
al tema.
La administración del presidente George Bush reaccionó al
nuevo reporte anunciando la implementación de nuevas
normas para calcular la deserción escolar. La secretaria
de Educación, Margaret Spellings, dijo que de ahora
en adelante los estados tendrán que utilizar una misma
fórmula para reportar los niveles de graduaciones.
Hasta la fecha cada estado usaba su propio sistema, a menudo
basándose en información poco confiable. En
algunas escuelas, por ejemplo, se cuenta a un joven como
desertor sólo si él o ella se registran como
tal, lo que lleva a pensar que la magnitud del problema podría
ser más grave aún.
Los cambios propuestos parecen ser lo más cercano
a un reconocimiento por parte de la administración
de que la llamada ley "No child left behind" (que
ningún niño se quede atrás) no es tan
efectiva como reclaman, y de hecho está dejando a
muchos niños a la deriva. La ley de educación
pretende castigar a las escuelas públicas que no cumplen
con ciertos requisitos académicos, limitando sus fondos
federales. No sería sorprendente que algunos distritos
escolares estén buscando formas creativas para evitar
ser sancionados.
La secretaria Spellings se refirió a la crisis de
deserción escolar como la "epidemia silenciosa." Pero
en realidad ha habido gritos de alarma durante varios años
que evidentemente han caído en oídos sordos.
Buscar fórmulas en común para medir los niveles
de graduación no suena como una solución pero,
como dijo Spellings, "al presidente Bush le gusta decir
que no se puede resolver un problema sin primero diagnosticarlo".
Esperemos que encuentren un diagnóstico pronto y que
identifiquen la fuente de la epidemia para empezar el tratamiento.
Para los estudiantes las consecuencias de no tener una educación
básica son muy serias. Los desertores están
doblemente más propensos a estar desempleados, tres
veces más predispuestos a vivir en la pobreza y ocho
veces con mayor posibilidad de terminar en la cárcel.
Si cree que el futuro de los jóvenes es sombrío,
piense en lo que representa para la productividad de nuestro
país el tener una población sin la educación
necesaria para competir en una economía global cada
vez más competitiva.
(c) 2008 by Maria Elena Salinas
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