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| Patricia Guadalupe |
| Columnista |
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Me
gusta decirle a los que no son latinos que nosotros
los hispanos estamos en todas partes; somos atletas
sobresalientes en todo tipo de deportes, tenemos
artistas famosos y, por ser conocidos, estamos en
puestos de importancia en el gobierno federal, estatal
y local, y muchos nos destacamos en el sector privado.
En fin, estamos en todas partes. Desafortunadamente,
también a veces nos toca estar en el medio
de una tragedia, como la espeluznante masacre que
ocurrió en la Universidad Politécnica
de Virginia. Entre los muertos se encuentran dos
latinos, jóvenes destacados que vieron sus
sueños truncados por un compañero de
clase con obvios problemas mentales. Juan Ramón
Ortiz era un joven de Puerto Rico que cursaba una
maestría en ingeniería, y Daniel Pérez
Cueva fue un muchacho del Perú que vivió por
un tiempo en Manassas y estudiaba relaciones internacionales.
Su padre vive en Perú y solicitó una
visa humanitaria para entrar a país y estar
con su familia. La embajada estadounidense en Lima
ha dicho que el Sr. Pérez recibirá “todas
las atenciones posibles” al tramitar la solicitud.
Esperemos que esas atenciones incluyan una visa cuanto
antes. Varios latinos se encuentran entre los heridos,
incluyendo una joven puertorriqueña que fingió estar
muerta para que el asaltante no siguiera disparando.
Esta tragedia se recrudece con el verdadero temor
entre grupos que abogan por los inmigrantes, que
esto vaya a desatar una ola de represalias contra
los inmigrantes, porque el autor de la masacre, el
universitario Cho Seung-Hui, era un inmigrante de
23 años que llegó de jovencito de Corea
del Sur y se crió en las afueras de Washington.
Que fuera inmigrante no se ha dejado de mencionar
una y otra vez. Cho compró unas armas de fuego
y encontraron el recibo en su bolsillo, gritaban
los títulares, añadiendo que “a
pesar de que no fuera ciudadano”, como residente
legal en Virginia pudo obtenerlas. Eso resultó en
cuantiosos comentarios de personas que se preguntaban
cómo una persona que no es ciudadano puede
comprar armas de fuego sin mayores problemas ni retraso.
Casi nadie se preguntaba por qué las leyes
de Virginia permiten la fácil obtención
de armas. No, es mucho más importante destacar
su estatus migratorio, porque seguramente eso tuvo
que ver, ¿verdad? Y esto no es paranoia de
una columnista. Toda una cantidad de equipos de reporteros
llegaron de Corea del Sur para cubrir la noticia,
y se concentraron en la preocupación que la
creciente comunidad de coreanos en los suburbios
de Washington sufriría represalias.
Incluso,
la Asociación de Periodistas Asiáticos
Americanos (AAJA, por sus siglas en inglés)
sacó un comunicado urgiendo a sus colegas
en los medios que por favor dejen de centrar sus
notas sobre la tragedia en el origen étnico
del joven, porque no tuvo nada que ver. Cho asesinó a
toda esa gente y se suicidó porque era una
persona con serios problemas mentales. Esto no pasó porque
era coreano.
Vamos a enfocarnos en la verdadera tragedia:
la muerte de 32 personas a manos de un desquiciado
que luego se quitó la vida, y la falta de
fondos para lidiar seriamente con personas mentalmente
incapacitadas antes de un desenlace fatídico.
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guadalupe@washingtonhispanic.com
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