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Las
reacciones producidas tras la reciente aprobación
de una reforma migratoria por el Senado son contrapuestas.
Creemos, como lo sustentó la influyente
arquidiócesis de Los Angeles (California)
la misma noche del jueves 25 en que 62 senadores
votaron por el “sí” y 36 por
el “no” a dicha legislación,
que esta medida es “imperfecta” pero
al mismo tiempo un gran paso para mejorar la
situación de millones de indocumentados.
No olvidemos que hasta hace escasas semanas muy
pocos avizoraban este avance, ante la muy fuerte
presión de sectores conservadores sobre
la administración Bush. Pero entonces surgió la
reacción espontánea de millones de
hispanos en todo el país, que “salieron
de las sombras” y en sucesivas marchas pacíficas,
ondeando banderas estadounidenses y cantando arengas,
reclamaron su derecho a vivir dignamente en la
nación que los acoge y donde quieren hacer
realidad sus sueños, para ellos y las futuras
generaciones.
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Cabe
anotar que la reforma migratoria aprobada todavía
debe superar un gran obstáculo, el de la
conciliación con la “ley Sensenbrenner” que
aprobó en diciembre la Cámara de
Representantes y que es considerada atentatoria
contra los derechos de los inmigrantes.
El Senado ya dijo su palabra, aprobando una legislación en la que por
encima de todo hay que rescatar como un aspecto positivo la reunificación
familiar que propone. Puntos negativos pueden ser la construcción de un
muro fronterizo de 370 millas o el despliegue de la Guardia Nacional en la frontera,
pero esas son atribuciones que deben corresponder a todo país soberano.
Sólo esperamos que en la discusión final se adopte una reforma
justa y humana, en la que precisamente prevalezcan los mecanismos que conduzcan
a millones de inmigrantes a la reunificación familiar, piedra fundamental
de su futuro. |