Washington Hispanic logo
Metro page link
Actualidad page link
Espectaculos page link
Deportes page link
CasaGuia page link
AutoGuia page link
Gente page link
Metro page link
Nacional page link
Espectaculos page link
AutoGuia page link
CasaGuia page link
Gente page link
 

 

Divider Contact Us page link Divider Past Issues page link Divider El tiempo en la region, weather channel page link


A reconstruir el Congreso





Con su promesa de poner nueva energía en el Capitolio, las elecciones legislativas siempre son una época de esperanza. Las luchas de este año van a ser especialmente importantes, porque el Congreso está en desequilibrio y la nación desesperadamente necesita que se arregle. El problema no es de un solo tema, es el Congreso en sí. Los legisladores a quienes elegiremos en noviembre para llenar los escaños de la Cámara de Representantes y el Senado desde el próximo enero van a tener que arreglar no sólo los problemas de la gente, sino también la institución para que puedan arreglar los problemas de la gente.
De alguna manera, los estadounidenses entienden esto. Los resultados de las encuestas mostradas recientemente, en su esencia totalmente negativas para el Congreso, pueden ser en parte a causa de temas como Irak y la economía, pero también reflejan la amplia desilusión y la escasa confianza en las instituciones del gobierno. La gente está desanimada por la falta del progreso de los grandes temas que enfrentamos como nación. Está cansada de las alianzas excesivas. Y están especialmente consternados por los líderes políticos que parecen, por cualquier razón, incapaces o poco dispuestos de guiar a los estadounidenses.

El Congreso está bajo mucha presión en sus tratos internos, en sus relaciones con la rama ejecutiva y su nivel de confianza ante los ojos del público. Necesita reformas.
Su primera tarea debe de ser reafirmarse como una institución robusta y enérgica, comparable en poder e iniciativa al Presidente. Nuestro sistema depende de la tensión creativa entre un Congreso fuerte y un Presidente fuerte, por la simple razón de que las opiniones y los enfoques diferentes, dichos con franqueza y resueltos creativamente, producen la mejor política. Por eso, la buena voluntad del Congreso de ceder al Presidente la autoridad de ir a guerra no ha servido al país; los temas de vida, muerte y conflictos en el extranjero necesitan un debate profundo, sin ceder las decisiones al Presidente en nombre del patriotismo.
Asimismo, la costumbre del Congreso en los últimos años de permitir al Presidente que establezca el presupuesto le ha permitido evitar la responsabilidad de presentar y evaluar el mapa básico del gobierno.

Ú ltimamente, el Congreso ha progresado en su vigilancia a la rama ejecutiva y en hacerlo responsable de sus actos. Esto es prometedor, porque la vigilancia es la mejor manera de determinar si los programas federales funcionan como fueron previstos o si hay mala conducta de parte de los burócratas y los políticos asignados.

 

Pero el Congreso tiene que ponerse más firme. La vigilancia eficaz no es sólo mirar algunos programas; necesita ser una parte integral de las actividades del Congreso, especialmente en el proceso rutinario de reautorización que el Congreso ha abandonado. Las resoluciones continuas y los enormes proyectos de ley de gasto “general” de los que el Congreso depende no ofrecen la oportunidad de mirar cuidadosamente a las agencias federales; dejan que la rama ejecutiva escape a la vigilancia y debilitan no sólo al Congreso sino también al Presidente y a la nación.

É sta es una razón por la que es crucial volver a lo que los veteranos del Capitolio llaman el “orden normal”: tomando uno por uno los proyectos para el presupuesto de egresos, tener una audiencia que investigue los temas cuidadosamente, permitiendo escuchar las voces diversas representadas en el Congreso, manteniendo un pleno y justo debate sobre los temas más controvertidos, y votando sobre todos los temas importantes. Este proceso tradicional y deliberativo puede parecer pesado, pero es así como el Congreso asegura su propia credibilidad ante los ojos de los estadounidenses corrientes, quienes se preocupan, muchas veces correctamente, que los atajos o las puertas cerradas esconden las decisiones que no aguantarán la vigilancia pública.

Sin duda, un proceso abierto puede ser controlado por el partidismo. No hay una respuesta fácil a esto. En parte, la solución recae en los votantes, que necesitan demostrar en las urnas que valoran una buena voluntad de trabajar poniendo en práctica el sentido común y el bien común.

En parte recae en la reforma ética exhaustiva: el Congreso la ha iniciado en el último año, pero muchos de sus miembros todavía son incapaces de entender cómo el escaso prestigio institucional proviene de la desconfianza pública. El Congreso debe insistir que todos sus miembros reflejen la credibilidad de la institución, como exige el básico código de conducta.

Pero al final, quizás la respuesta más importante está en el reconocimiento de que, en este punto de nuestra historia, con el país dividido políticamente y frente a las amenazas fundamentales a su bienestar y su prestigio en el mundo, corresponde al Congreso fraguar el consenso y la unidad nacional para dar solución a los problemas. Quizás al final no van a poder reunir un consenso sobre Irak o reformar la regulación financiera o combatir el calentamiento global. Aun así, la gente quieren que lo intenten, y cuando vayan a las urnas este noviembre esa esperanza estará con ellos.

(*) Ex miembro de la Cámara de Representantes por 34 años y actual Director del Centro del Congreso de la Universidad de Indiana.

 

Back to top arrowBack to top

 


Metro | Espectáculos | Deportes | CasaGuía | AutoGuía | SaludGuía | Gente | Conexiones | Subscriptions and Advertising | Contact Us | Past Issues | El Tiempo | Site Map