| De armas
de fuego y demonios interiores |
Por: María
Elena Salinas
Nunca
falla. Cada vez que ocurre una masacre con armas se revive
el debate sobre el control de armas de fuego. Es un debate
explosivo que lleva a fuertes discusiones con puntos de vista
encontrados.
Sucedió de nuevo cuando un estudiante perturbado mato
a tiros a 32 personas en la Universidad Tecnológica
de Virginia antes de quitarse la vida. Inevitablemente, las
etiquetas políticas empezaron a volar como balas.
Hay que ser un izquierdista, un liberal, un comunista, para
pensar que la posesión de armas de fuego tiene que
ser más vigilada, dicen ellos.
Cuando alguien decide tomar un revólver, un rifle,
un arma semiautomática o cualquiera otro tipo de arma
de fuego que pueda conseguir, y lanza un ataque indiscriminado
causando la muerte de personas inocentes, deberíamos
de estar discutiendo y analizando mucho más que la
política del control de armas.
Para salir del tema, digamos que existen argumentos válidos
en ambos lados. Quienes favorecen la posesión de armas
por parte de ciudadanos comunes y corrientes argumentan,
entre otras cosas, que las personas deben tener el derecho
a defenderse de agresores o intrusos. Cierto. Ellos dicen
que las armas no matan, son las personas las que matan. Y
eso también es verdadero.
Sin embargo, si Seung-Hui Cho hubiese tenido un cuchillo,
un bate o tan sólo las cadenas que usó para
bloquear las entradas del Norris Hall, ¿podría
haber asesinado a tantas personas? Probablemente no. Si uno
de los estudiantes o de los maestros hubiese estado armado, ¿habría
podido prevenir la matanza? Es posible, si es que esa persona
hubiese sido entre las primeras en confrontar al agresor.
De cualquier manera, cuando un arma de fuego es usada, generalmente
alguien muere, ya sea el bueno o el malo. Se publicó una
ilustración interesante en el diario “The New
York Times” el domingo después del tiroteo en
la Tecnológica de Virginia que mostraba un recuento
de cuantas personas mueren cada día como consecuencia
del uso de armas de fuego. Para indicarlo había unas
pequeñas balas de colores. Grises para homicidios,
amarillas para accidentes o acciones policíacas y
rojas para suicidios. En total, según el Centro para
el Control y Prevención de Enfermedades, 29.569 personas
murieron por disparos de armas de fuego en 2004 –el último
año del que existen estadísticas- y más
de 64.000 resultaron heridas.
Pero hay un punto en todo esto que es aún más
preocupante. El joven coreano que atacó a sus compañeros
indiscriminadamente en Blacksburg era, obviamente, un enfermo
mental. Nadie, incluyéndome a mí, justificaría
su actitud asesina. No fue un acto espontáneo de rabia.
Fue, como hemos conocido por las investigaciones, un acto
premeditado de violencia provocada por la ira y el resentimiento. ¿Contra
quién o qué específicamente? Probablemente,
nunca lo sabremos. Se llevó sus motivos a la tumba.
Lo que si sabemos es que estaba perturbado y que las señales
fueron claras desde hace años. Sabemos que educadores
y profesionales de la medicina se habían percatado
que Cho era un hombre desequilibrado. Lo que me preocupa –y
debe preocuparnos a todos- es que tomamos muy a la ligera
el concepto de enfermedad mental. Tratamos con agresividad
enfermedades como el cáncer y los males cardíacos
para prevenir la pérdida de vidas humanas, pero las
enfermedades mentales no sólo son ignoradas, sino
que las vemos como un tabú. Los diagnósticos
a menudo terminan guardados en archivos privados. Y en caso
tras caso vemos que un enfermo mental no es tan sólo
una amenaza para sí mismo, sino un peligro para la
sociedad.
No me quiero hacer la moralista, pero en realidad, aparte
del desequilibrio químico en el cerebro que causa
el trastorno mental, existe una enorme falta de civismo en
nuestra sociedad que lleva al deterioro del alma. Hay demasiada
gente que simplemente le ha perdido el valor a la vida. Sentimientos
de rechazo, humillación y resentimiento provocados
por la falta de respeto y de moral, crean monstruos en la
sociedad que potencialmente dejan salir a sus demonios interiores
y nos convierte a todos en objetivos potenciales.
(*) Conéctese a www.mariaesalinas.com.
(c) 2007 by Maria Elena Salinas
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