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| Patricia Guadalupe |
| Columnista |
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Cuando
el Congreso regrese de su receso este lunes 4, se
espera vuelvan a tomar el tema de una reforma migratoria,
en particular el proyecto de ley que se presentó hace
unas semanas en el Senado federal. Pero se espera
sea nada fácil. El presidente Bush y otros
que apoyan la propuesta han llevado a cabo fuerte
cabildeo a favor de que se apruebe la medida, con
el primer mandatario incluso diciendo que los legisladores
que no están a favor no tienen el coraje para
implementar un plan. Pero el cabildeo en contra es
más fuerte, y los que se oponen han aprovechado
el receso para criticar a los legisladores en sus
propios distritos congresionales. Uno de los senadores
republicanos coautores de la medida, Lindsey Graham,
de Carolina del Sur, recientemente fue criticado
fuertemente en su estado, con todo y abucheos, por
apoyar una “amnistía”.
Entre otras cosas, la medida ofrece pasos hacia la
legalización a millones de indocumentados,
pero es un proceso que pudiera tardar muchos años.
Una amnistía verdadera sería casi inmediata,
dicen los que apoyan esta medida, pero el cabildeo
en contra no tiene tregua.
Entonces entre el primer mandatario, una persona
con un nivel de apoyo por el piso, para presionar
por la aprobación de algo controversial y
poco querido dentro de su propio partido. ¿Quiénes
entre los que no quieren una reforma migratoria le
harán caso al presidente y cambiarán
su opinión sobre el tema? Hasta el momento,
no parece que sean muchos. Circula una encuesta que
dice que la mayoría del público estadounidense
apoya una reforma migratoria que incluya pasos hacia
una legalización de millones de indocumentados,
pero al investigarse más a fondo, la aprobación
se basa en una pregunta sobre inmigración
que incluye legalización de “los inmigrantes
con buenos trabajos y sin antecedentes criminales”.
Disminuye el apoyo cuando se pregunta de una forma
más general.
Además, el problema de la aprobación
de una reforma migratoria nunca ha sido apoyado en
el Senado federal. Fue el Senado que lo aprobó el
año pasado, pero la legislación se
trancó en la Cámara de Representantes,
y hay indicios que de nuevo ahí está el
problema, incluso con algunos legisladores demócratas
que fueron elegidos el año pasado bajo una
plataforma que incluía una negativa hacia
una reforma migratoria.
Los legisladores también tomarán cuando
regresen el tema de un voto de no confianza hacia
el procurador general Alberto Gonzáles, quien
es acusado de politizar el Departamento federal de
Justicia. Senadores demócratas –y algunos
republicanos- dicen que Gonzáles debería
retirarse de su cargo, por su supuesto papel en el
despido de varios fiscales federales y otros asuntos
controversiales. Y los grupos hispanos que apoyaban
a Gonzáles ahora se esconden, asustados por
las posibles consecuencias de apoyar a alguien políticamente
radioactivo. Con “amigos” así, ¿quién
necesita enemigos?
El voto no tiene peso de ley, pero los legisladores
esperan presionar al presidente Bush para que despida
a su amigo, acusado de serle más fiel a él
que al país. El primer mandatario, por su
parte, mantiene su apoyo hacia Gonzáles, pero
un creciente número de legisladores de su
propio partido extraoficialmente le dicen que mejor
sería que se fuera para que la controversia
desaparezca y se concentren en otras controversias,
como Irak.
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