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especial

 
Patricia Guadalupe
Columnista

El presidente peruano Alejandro Toledo termina este viernes 28 su mandato sin haber obtenido una de las cosas que más deseaba durante su presidencia: un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos.

“ Si el presidente Alán García así lo desea, yo estoy a su servicio por el Perú, en donde él considere pertinente, y si él cree que yo puedo ser útil en concluir el tratado de libre comercio, estoy dispuesto a hacer eso por mi país”, comentó Toledo a la emisora Radioprogramas en la ciudad capitalina de Lima.

El mandatario saliente tiene una labor bastante cuesta arriba. Un acuerdo comercial entre Estados Unidos y Perú ya fue ratificado por la legislatura peruana el mes pasado, pero se necesita el aval del congreso estadounidense y no hay absolutamente ninguna señal que se vaya a lograr este año, particularmente porque la semana que viene los legisladores comienzan su receso de verano y cuando regresen tendrán poco tiempo para terminar con lo que ya hay en la agenda antes de ir de campaña.

En este año de elecciones congresales, simplemente no hay tiempo, y mucho menos, deseos de tomar un tema controversial. El acuerdo enfrenta el mismo escepticismo que anteriores acuerdos. Legisladores, especialmente los demócratas, dicen que no necesariamente tienen confianza que el acuerdo vaya a vigilar por los derechos de los trabajadores y por el medio ambiente, no obstante el apoyo de Toledo. Miren lo que ha pasado con el Tratado de Libre Comercio con Canadá y México, dicen. Los que lo apoyaban hablaron bonito de cómo el acuerdo ayudaría a mejorar la condición económica de muchos trabajadores, tanto aquí como en los otros dos países, especialmente México, pero para muchos pasó todo lo contrario y más aún, empeoró.

La administración Bush insiste que aún con todo lo que está pasando aquí y en el resto del mundo, un tratado comercial EEUU-Perú es algo que consideran muy importante y de beneficio para ambos países. Hace unas semanas, como parte de un cabildeo en el Congreso, Everett Eissenstat, el director de asuntos de las Américas en la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR, por sus siglas en inglés), testificó ante un comité del Senado que el TLC “marcaría un nuevo capítulo en la relación entre los dos países”, añadiendo que “ayudaría a fomentar las reformas democráticas y económicas ya asumidas por el liderazgo peruano”. O sea, según Eissenstat, no hay que preocuparse tanto si Perú vaya a dejar a sus trabajadores y el medio ambiente a un lado si se implementa el tratado, porque ya ha demostrado que no. “Ya han hecho varias reformas, incluyendo la restauración de prácticas democráticas, una política de mayores fondos para programas de salud y educación, e iniciativas en el campo de derechos laborales”, testificó Eissenstat.
Dejando fuera los sectores de la sociedad peruana que no estarían de acuerdo con esas aseveraciones, los legisladores demócratas, envalentonados por las cifras bajísimas de apoyo para el presidente Bush, ven con mayor confianza la posibilidad de que pudieran conseguir una mayoría congresal este noviembre, al menos en una de las cámaras, y presionan por acuerdos comerciales con más peso laboral y ambiental. Y los republicanos no lo pelean porque no creen que valga la pena en este momento.

Como lo dijo un periódico del Congreso, los congresistas están “legislando con miras a noviembre”.

Desafortunadamente para Toledo y otros en el Perú que abogan por un tratado, el actual Tratado de Preferencias Andino (ATPA, por sus siglas en inglés), que desde 1991 ha beneficiado a los países andinos en su comercio de exportación con Estados Unidos, vence a fin de año. Y porque el acuerdo con Perú, que haría permanente el ATPA, sigue estancado en el congreso estadounidense, Toledo, de voluntario con el nuevo presidente García, parece que tendrá las manos vacías por largo rato.

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