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George W. Bush sí sabe perdonar
  La decisión presidencial de perdonar la pena de prisión a la que había sido sentenciado el ex asesor de la Casa Blanca, Lewis Libby, ha sorprendido a muchos y ha encontrado duras críticas de parte de los sectores de la oposición demócrata y también en la prensa.

El principal argumento de los críticos es que el ideal de justicia queda “en el segundo lugar de las prioridades cuando se trata de proteger los secretos de su círculo cercano”, tal como resume el New York Times en uno de sus editoriales.

Los adjetivos de los líderes demócratas son más fuertes y hasta hirientes, pues se califica el perdón presidencial como una actitud “clínicamente incapaz” o “política de cinismo y división”. Los más serios, como es el caso de la candidata demócrata Hillary Clinton, hablan de “una prueba más de que esta administración se considera por encima de las leyes”.

  Pero el fondo del asunto es simplemente que la decisión de George W. Bush se enmarca dentro de sus facultades constitucionales como mandatario de la nación. Ni más ni menos.

La discusión se torna entonces entre si la conmutación de la pena aplicada a Libby es justa o no. “Creo que el castigo fue severo”, sostuvo esta semana el presidente.

Sin embargo, nadie se refiere a la legalidad de la decisión. En primer lugar, creemos que dicho perdón se encuentra dentro del marco de su derecho.

Mas sería bueno que así como ha hecho uso de sus facultades, también las utilice para solucionar el problema de millones de indocumentados, que todavía mantienen la esperanza viva de que el primer mandatario de este país, en un gesto de humanismo, les conceda un perdón a su estado de ilegalidad.
 


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