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| Patricia Guadalupe |
| Columnista |
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Esta
semana vivimos un ejemplo de como el ausentismo en
las urnas electorales puede tener un gran impacto
en los resultados. En la contienda presidencial en
México uno de los candidatos, el ex-alcalde
de Cuidad de México, Andrés Manuel
López Obrador, en una ligerísima desventaja
contra el candidato Felipe Calderón, rechazaba
las cifras oficiales y alegaba que unos tres millones
de votos estaban perdidos. El Instituto Federal Electoral
del país desmentía las alegaciones,
diciendo que por varias razones, incluyendo el que
se hayan llenado de manera incorrecta, muchos de
esos millones de boletas fueron dejados a un lado
en lo que trataban de resolver los problemas. En
una contienda tan cerrada, López Obrador y
Calderón se disputaban los votos, con esos
tres millones de votos contribuyendo a una incertidumbre
electoral jamás vista en el país. Curiosamente,
los votos que López Obrador decía andaban
perdidos corresponden casi a la cantidad de votos
que los mexicanos en el exterior hubieran contribuido
si todos los que eran elegibles hubieran acudido
a las urnas. Unos 4 millones de mexicanos residentes
en el exterior fueron identificados como elegibles
para votar –por primera vez en la historia
de la república- pero solamente poco más
de 33.000 así lo hicieron. Claro está que
para muchos el proceso se les hizo difícil,
desde el costo de registrarse en el padrón
hasta la amplia documentación que se les pedía
para el registro, pero imagínense qué hubiera
pasado si todos los mexicanos elegibles hubiesen
votado. Seguramente hubiera impactado no sólo
en la rapidez de conocer al ganador, sino también
en quién hubiera llegado a ser el primer mandatario
del país. Y lo interesante es que en los días
que siguieron a las elecciones el pasado domingo
2, varios reportes noticiosos notaron la alta cantidad
de mexicanos en varias ciudades de Estados Unidos
que se declararon arrepentidos de no haber votado. “Nunca
me imaginé que hubieran empatado. Debí haber
votado”, le dijo a Univisión un residente
de Los Angeles. Al mismo noticiario, una señora
le comentó al reportero, “No voté porque
siempre hacen trampa y siempre se sabe de antemano
quién saldrá. Pero este año
fue diferente”, dijo con la mirada caída.
Lo mismo pudiera pasar aquí en Estados Unidos
con el voto latino. Aún con el mínimo
de impedimentos, casi el 70 por ciento de hispanos
elegibles para votar NO VOTA. Esa cifra astronómica
y sin sentido tiene mucho que ver, dicen activistas
comunitarios, con que la mayoría republicana
del Congreso federal esté haciendo aguaje
con el tema de la reforma migratoria. Esta semana
los republicanos en ambas cámaras comenzaron
las audiencias veraniegas sobre inmigración,
con una audiencia en San Diego, California, para
discutir la aparente vulnerabilidad de las fronteras
ante posibles ataques terroristas. Otra audiencia
dirigida por el republicano Arlen Specter de Pensilvania,
presidente del Comité Judicial del Senado,
mayormente trató con el tema de trabajadores
temporales y pasos hacia la eventual legalización
de los millones de indocumentados actualmente en
el país. El liderazgo republicano auspicia
las audiencias para, según dicen, hablar con
la gente “corriente y común” sobre
el tema de la inmigración.
Naturalmente, los demócratas acusan a sus
contrapartes republicanos de politiquería
y de jugar con el futuro de inmigrantes en un importante
año de elecciones congresales. Muchos grupos
hispanos dicen que la comunidad hispana es una fuerza
política que los políticos deben tomar
en cuenta y en serio. Pero por Dios, no cuando solamente
e; 30 por ciento de hispanos sale a votar. ¿Será este
año diferente? Solamente hay que ver lo que
pasó en nuestro vecino país para asegurar
que aquí no se repita ese impacto tan negativo
del ausentismo electoral.
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guadalupe@washingtonhispanic.com
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