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Los
hermosos corazones rojos y las pálidas
estrellas blancas centellearon, como pocas veces,
en las tensas noches del debate que se suscitó por
la propuesta de crear el centro de jornaleros
de Herndon, en Virginia.
El resultado, a favor de los trabajadores, también
conocidos como esquineros, fue de una sorprendente
victoria, la que seguramente será un valioso
precedente para que la valiente lucha de este puñado
de hombres y mujeres, de múltiples orígenes,
se extienda por otras ciudades y condados del país.
En síntesis, creemos que ese logro ha sido
un triunfo de la tolerancia sobre la sinrazón,
del amor sobre el odio. Es, en fin, un ramalazo
de esperanza que llega en un momento difícil
para nuestra comunidad, cuando vemos desplegar
más barreras que las usualmente conocidas
contra millones de inmigrantes que todavía
viven en las sombras.
El caso de Herndon es simbólico y ejemplar
y estamos seguros que servirá para estimular
a los defensores de los derechos civiles para que
continúen su lucha, muchas veces incomprendida.
En el caso que tratamos aquí, muchos fueron
los que se encargaron de defender la opción
de proveer a los jornaleros de un centro desde
donde pudieran concertarse sus contrataciones.
Lo hicieron desde el corazón, bajo la consigna
de que no hay barreras ni documentos migratorios,
ni distinciones de raza, que puedan borrar de la
humanidad el sentimiento primario y legítimo
del amor.
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Creemos
que fue esencial la lucidez con que el Ejecutivo
del condado de Fairfax, Gerald P.Connolly, enfrentó el
problema de fondo. El dijo en un momento del
debate que “más caro sería
poner en ejecución acciones de persecución
contra los ilegales que darles un espacio para
ganarse el pan de cada día honradamente”.
No podemos dejar de destacar tampoco el gesto del empresario Raúl Fernández,
quien entregó treinta y cinco mil dólares para costear el centro
de jornaleros de Herndon. Hay personas a quienes no les tiembla la mano cuando
se trata de ayudar a los suyos y que se convierten en un ejemplo a seguir. Un
residente de esa ciudad habló con acento claro y palabras elocuentes,
cuando definió que “el odio no sirve para fundar pueblos y mucho
menos para preservarlos”.
En pleno salón municipal de Herndon, como ocurrió después
en otros sectores de la ciudad y del país, muchos expresaron su gozo al
conocer el resultado de la votación que otorga a los jornaleros un local
donde realizarán lo que más quieren: trabajar para sus familias,
servir a quienes tanto lo necesitan y hallar paz y prosperidad para ellos y las
futuras generaciones.
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