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Testigo de la historia

Por: María Elena Salinas

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María Elena Salinas
 

“Parece que fue ayer. Aún recuerdo cómo mi primer día como reportera de televisión me dejó sin habla, literalmente. Estaba tan nerviosa frente a las cámaras, cegada por las luces brillantes del escenario, que me dio un serio caso de laringitis. Por las primeras dos semanas fui solo una observadora. Durante los próximos 25 años, sería testigo de la historia.

Como periodista principiante en un canal de televisión en español en Los Ángeles en abril de 1981 logré conocer bastante bien a la comunidad latina del sur de California. Fui testigo de las dificultades que enfrentaba ese sector de la población ansioso por tener un papel protagónico en la sociedad. Era una comunidad que se sentía desconectada. Constituían un 25 por ciento de la población y sin embargo no tenían representación política a nivel local.

Hoy en día los hispanos son casi la mitad de la población de la ciudad de Los Ángeles y están bien representados en el concejo municipal, la junta de supervisores y la junta educativa. Hasta el alcalde es un latino. En un cuarto de siglo Estados Unidos ha visto a su población latina crecer de 14 millones a más de 40 millones, y su poder adquisitivo sobrepasar los $800 mil millones.

El mundo sin duda ha cambiado mucho en las últimas dos décadas y media, y yo he tenido el privilegio de verlo ocurrir desde la primera fila. He visto el calentamiento de la guerra fría. He visto a conflictos armados convertirse en procesos de paz en América Central y guerras civiles convertirse en guerras de pandillas. He visto cómo grupos rebeldes se transforman en partidos políticos llegando al poder con votos y no balas.

Me he sentado cara a cara con presidentes elegidos democráticamente, con dictadores y jefes guerrilleros. Me ha tocado cubrir el derrocamiento de hombres fuertes, la caída de políticos corruptos y un sin fin de elecciones presidenciales en Latinoamérica y Estados Unidos. He reportado sobre el nacimiento de revoluciones y la creación de revolucionarios.
He seguido a un Papa en sus recorridos por el mundo mientras revolucionaba la Iglesia Católica. Vi los peregrinajes de millones de personas que acudían a escuchar sus palabras, y millones más que llegaban a darle su último adiós.
He visto de primera mano las cicatrices causadas por ataques terroristas. El daño colateral causado por la guerra en Irak. La devastación que dejan por su camino los desastres naturales. Hice vigilia en lo que quedaba del hogar de una familia salvadoreña que buscaba desesperadamente los restos de sus hijos bajo los escombros de un alud y abrí mi corazón y mi bolsillo ante una madre en Cuba que no tenía cómo alimentar a su pequeña hija.

Pero al ser testigo de todas estas historias desde diferentes puntos del mundo, he logrado adquirir mucho más que los datos requeridos para un buen reportaje de televisión. He logrado descubrirme a mi misma. He escuchado la voz de mi madre en los cuentos de mujeres emprendedoras en pueblos mexicanos.

He reconocido a mis hijas en las sonrisas traviesas de niñas en barrios pobres de Perú. He visto a almas gemelas de mi padre en oficinas de inmigración a lo largo y ancho de Estados Unidos. Y juro que era mi padre, un pacifista hasta su muerte en 1985, quien me habló en la voz de un niño iraquí que perdió sus brazos y a su familia cuando una bomba de Estados Unidos cayó sobre su casa.
Los cupos de mi pasaporte son testigo de las miles de millas que he recorrido en mi trabajo. Y en mi libreta de periodista hay pruebas tangibles de la veracidad de citas y hechos. Pero la verdadera historia es la que llevo en el corazón. Aquella que me dice que por más lejos que esté, siempre estoy en casa. En 25 años he vivido muchos días de tensión y pasado muchas noches sin dormir, pero en retrospectiva, no los cambiaría por nada.


(*) Conéctese a www.mariaesalinas.com. (c) 2007 by Maria Elena Salinas