Mayo 23 de 2013
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Las Huellas de Vladimir Monge
Por Carolina Landsberger/ Washington Hispanic
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José Vladimir Monge fue apresado y torturado durante la guerra civil de El Salvador. Posteriormente partió al exilio, dejando atrás amor, familia y patria. Ese fue el precio de una “libertad”, que lo tuvo por muchos años buscando un lugar donde comenzar de nuevo.
El autor de “Voces y Huellas” relata en sus páginas los sentimientos causados por el desarraigo, la soledad y la mirada de un nuevo mundo con sus ojos del inmigrante. Foto: Oliver Contreras / Washington Hispanic

José Vladimir Monge es un salvadoreño que fue apresado y torturado durante la guerra de su país y que posteriormente partió al exilio, dejando atrás amor, familia y patria. Ese fue el precio de una “libertad”, que lo tuvo por muchos años buscando un lugar donde comenzar de nuevo.

En esta entrevista Vladimir mira hacia atrás en su vida y reflexiona sobre lo que ha vivido, como prisionero de la guerra de El Salvador, primero, y como inmigrante después.

Sobre las huellas del largo camino recorrido desde su infancia en las zonas rurales de su tierra, hasta su vida actual, nos habla este hombre que recientemente ha editado un libro de poesía a partir de sus recuerdos: “Voces y Huellas”, en el cual habla sobre las emociones que le han provocado las difíciles situaciones a las que se ha visto enfrentado durante el correr de los años.

El salvadoreño Vladimir Monge mira hacia atrás en su vida y reflexiona sobre lo que ha vivido, como prisionero de la guerra de El Salvador primero y como inmigrante después. Sobre las huellas del largo camino recorrido desde su infancia en las zonas rurales de su tierra natal, hasta su vida actual en la capital estadounidense, nos habla este hombre que recientemente ha editado un libro de poesía a partir de sus recuerdos: “Voces y Huellas”, en el cual, más que contar la historia propiamente tal, habla sobre las emociones, los sentimientos que le han provocado las difíciles situaciones a las que se ha visto enfrentando durante el correr de los años.

Primeros pasos
Como muchos salvadoreños que vivían en el sistema de latifundio en los sectores rurales del país, Vladimir vivía con sus padres y hermanos en un sector rural del país, donde no había electricidad, teléfono ni nada parecido. “Lo único que teníamos eran unas tuberías de agua que bajaban desde un cerro por gravedad”, comenta Vladimir, quien en aquel mundo de montes, ganado, pantanos con cocodrilos y plantaciones de algodón, debía caminar 14 kilómetros diarios para llegar a la escuela. “Subíamos los montes por veredas y bebíamos agua de las cascadas que habían en el camino. Era una aventura”, nos dice y agrega que tiene recuerdos hermosos de aquella época en que jugaba a la luz de la luna con sus hermanos.

En ese ambiente de vida campestre, era normal comenzar a trabajar muy joven para ayudar a los padres con los ingresos familiares. El primer trabajo que Valdimir realizó fue a los 8 años de edad ,cortando algodón. “Había que usar manga larga por que te picaban los brazos con el roce y además estaban latentes los peligros de la plantación donde podían haber culebras o gusanos, pero era parte de la vida de ese mundo”, nos comenta.

Heridas de guerra
La vida simple que había vivido hasta sus 13 años entonces se acabó de un momento a otro. Empezaba la década de los 80 y con ella los primeros vestigios de uno de los conflicto bélicos más significativos de América Látina en las últimas décadas. Con el aviso que escucharon por radio informando a los campesinos que los dueños de la hacienda que habitaban dejaban el lugar, comenzaron las migraciones a la ciudad.

La familia de Vladimir se mudó a San Miguel y así comenzó una nueva etapa en la vida de este joven, para quien todo era nuevo en este lugar alejado de su campo espacioso. Mirándole el lado positivo a este cambio radical, Vladimir comenzó a participar activamente en las actividades de su escuela, e incluso escribió su primer trabajo literario con sólo 16 años. El trabajo constante y la dedicación de este niño, tenían un objetivo claro: entrar a la universidad.

Esta participación activa que había tenido en la escuela durante sus años de secundaria, se tornó política en su vida universitaria, donde comenzó a participar en movimientos estudiantiles que apoyaban la causa de la guerrilla rebelde. “Para esos años participar en política era una actividad mortal en El Salvador, conllevaba sus riesgos. Una expresión de rebeldía o de simpatía con las guerrillas a uno lo metía en problemas”, explica. Pero aún consciente de los peligros que esto implicaba, la lucha por los ideales era más importante para este joven que, en ese tiempo, creía posible alcanzar una utopía.

“Quisimos cambiar el mundo en lugar de entenderlo, pero el mundo nos cambió a nosotros”. Con esa frase Vladimir intenta resumir las causas y consecuencias de su activa participación política durante la guerra.

Sin embargo, como para muchos otros que se encontraban en su situación, la historia no tuvo un final feliz. El domingo 12 de noviembre de 1989, en el marco del levantamiento denominado “ofensiva general”, Vladimir Monge fue detenido en la Universidad de El Salvador, junto a varios compañeros y encarcelado durante cinco meses bajo cargos que nunca pudieron ser demostrados.

“Los primeros 17 días (de presidio) fueron en calidad de desaparecido, nos tuvieron en calabozos que no eran aceptables, hasta que la Cruz Roja tuvo acceso al lugar y entonces tuvieron que aceptar que nos tenían”, recuerda.

En busca de su destino
Luego de esta terrible experiencia sobre la cual prefiere no entrar en detalles, la vida de este joven hombre, de 22 años aquel entonces, cambió ciento por ciento. Confiesa que el paso por esa cárcel le hizo dejar en sus celdas “la inocencia, la creencia de que los seres humanos no podían ser tan crueles”. “Compruebas que la maldad existe”, relata y agrega que, al ser puesto en libertad, la Universidad le consiguió una beca para terminar sus estudios en la Universidad Nacional de Costa Rica.

Luego de 2 dolorosos años de desarraigo y soledad en San José, durante los cuales, además, falleció su padre, Vladimir obtuvo el permiso de residencia de Canadá en calidad de refugiado político. Estuvo 6 años en el país que lo acogió y del cual está muy agradecido, “aunque la vida allí era muy difícil, especialmente para un hombre que estaba solo, como yo”.

Con el correr del tiempo, algunos de sus 8 hermanos comenzaron a emigrar a Estados Unidos y Vladimir, que tras 5 años de vivir en Canadá, se había convertido en ciudadano de aquel país -lo que le permitía libre acceso a Estados Unidos- decidió venir a probar suerte. Comenzó trabajando sin papeles en diferentes ocupaciones. “Hice de todo: fui cocinero de comida de bar, mesero, bus boy, bartender, de todo un poco, como todo el mundo”, comenta.

Luego de años de luchar contra la adversidad, su vida cambió cuando, durante la formación de grupos de ayuda a El Salvador después del terremoto, conoció a Fanny, su esposa, con quien tiene un pequeño de 5 años a quien le dedicó el libro “por que quiero que cuando crezca sepa y pueda aprender de esas cosas. Va a ser consciente de dónde vino su padre y de todo lo que costó el llegar acá”, nos dice Vladimir, esta vez con una sonrisa en el rostro al hablar de su pequeño Diego.

Sus favoritos:
Color: Celeste
Animal: Conejo
Comida: Las pupusas
Música: La nueva trova
Músico: Chucho Valdés
Libro: Cien años de soledad
Escritor: José Saramago
Película: Estación Central
Actor: Gael García
Frase: Somos la memoria que tenemos
Lugar: Teotihuacán

 

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